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ANDRÉS GALERA
El sentido religioso de la teoría de la evolución

GEA, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC. El texto es una versión ampliada del publicado con similar título en M.Polo (coord.), Religión y ciencia, Cuenca, Universidad Castilla La Mancha, 2007, pp. 111-126

Divina selección natural

La teoría de la evolución obliga a definir una cronología de la vida alejada de la creación, sin embargo la interpretación temporal fue un argumento necesario para compaginar ciencia y religión anterior al modelo transformista. Por ejemplo, al considerar la naturaleza como un sistema energético la alimentación se convierte en el fundamento del orden natural, estableciéndose entre sus componentes una relación que asciende desde las plantas hasta el hombre como máximo depredador. La servidumbre nutricional de cada grupo conlleva un principio de supervivencia que obliga a establecer cierta periodicidad, ordinal y cardinal, de suerte que pueda multiplicarse en cantidad suficiente para que no desaparezca sirviendo de alimento. Esta forma de relacionar los seres vivos condiciona la creación por su finalismo. Cada nivel trófico existe para la supervivencia del siguiente, siendo el hombre el último y mayor beneficiario. Aunque, como reflexiona Kant en su Crítica del juicio, el camino puede recorrerse en dirección contraria llegando a muy distinta conclusión. Si aceptamos que los eslabones de la cadena trófica existen para mantener el equilibrio poblacional controlando el nivel inmediatamente inferior, el anterior fin se convierte en un medio para conseguirlo, incluido el hombre. Estas consideraciones fueron habituales entre los naturalistas del siglo XVIII, pero al formularse la teoría de la evolución la biología seguirá el derrotero marcado por la paleontología. Bajo esta pauta, el equilibrio se establece mediante reemplazos sucesivos por individuos cada vez más perfeccionados que, en el caso del darwinismo, están controlados por la selección natural. La regla soberana es la supervivencia del más apto, concebida en términos malthusianos: mientras el alimento crece en progresión aritmética la población tiene un ritmo de crecimiento geométrico generándose un déficit alimentario que define la relación individual como una lucha por la existencia. En esencia, el argumento es una refinada aplicación matemática del antecedente modelo de cadena trófica, pasando de la descripción a la cuantificación. Con esta vocación materialista la teoría darwiniana, la evolución en definitiva, se constituye en antítesis de la religión. Sin embargo, objetivamente, aceptar la evolución no obliga a rechazar la figura del hacedor, sí a retrotraerla.

Cuando en 1831 Darwin embarca en el Beagle la evolución era una teoría contraria a su ideología. Entonces era un teísta fijista convencido, que aceptaba el argumento del diseño propuesto por William Paley como prueba concluyente de la creación y el determinismo de la naturaleza. El autor del Origen reconoce que fue después del viaje, el año 1839, cuando se persuadió totalmente de la mutabilidad y la descendencia común de los organismos. Pero no renegó de su pasado, fue condescendiente y lo adaptó a las nuevas circunstancias. En 1844 Darwin había terminado la redacción de un ensayo sobre el origen de las especies con más de 200 páginas, continuación del borrador redactado dos años antes de apenas treinta. El documento recoge las líneas maestras de su teoría y, pagado de sí mismo, ordenó en su testamento la publicación del escrito si fallecía repentinamente. Pero fue longevo y en 1859 su ideario se publicó, corregido y ampliado, con el título de On the Origin of Species by Means of Natural Selection. En estos textos podemos analizar el mecanismo ideológico empleado por Darwin para remodelar la creación; bastó con limitar el azar y convertir la creación en un programa temporal denominado selección natural.

Con la impronta de la evolución el plan de Dios ya no consiste en generar seres vivos, la creación se reduce a la manifestación de algunas formas vivas elementales, materia dotada de capacidad sensorial, crecimiento y multiplicación, y las consiguientes leyes generales que la gobiernan. Los organismos venideros son un hecho probabilístico derivado de la acción temporal de estas leyes, habiéndose modelado siguiendo la cronología indicada por el registro fósil. La ruptura entre darwinismo y creacionismo no es, pues, tan radical como se deduce del resultado final. Se rescribe la historia, hay un nuevo orden, pero no se refuta la existencia del ser supremo. Entonces, ¿qué lugar ocupa Dios en la evolución? Darwin respondió la pregunta utilizando el símil de la selección artificial. El creador actúa, como hacen agricultores y ganaderos, combinando y seleccionando los individuos mediante la reproducción. Lo hace indirectamente, empleando la selección natural convertida en la mano alargada de Dios que mece la cuna de la naturaleza transformándola. La lucha por sobrevivir es el filtro para elegir al más apto, posibilita la sustitución de una especie por otra, y causa la extinción. Los tres ingredientes del nuevo orden evolutivo. Todo ocurre en un incesante juego combinatorio donde los seres vivos proliferan y desaparecen mientras el planeta gira y los elementos agua y tierra se alternan en su orografía, tal y como señala el propio Darwin. Creacionismo y darwinismo no son facciones antagónicas por obligación. Su relación es flexible, y si la divergencia llega a ser tan grande como la existente entre predestinación y libre albedrío, tanta puede ser su cercanía que se complementen. Todo depende del grado de libertad atribuido al universo. En ambos casos Jesucristo está sentado a la derecha del Padre contemplando el paso de la vida. Una escenografía representa la perfección de la creación; en la otra el azar conduce su obra, la materia, por derroteros insospechados.





ANDRÉS GALERA
Professor. Investigador no CSIC: Consejo Superior de Investigaciones Cientificas, Madrid.

 

 

 


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