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ANDRÉS GALERA
El sentido religioso de la teoría de la evolución

GEA, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC. El texto es una versión ampliada del publicado con similar título en M.Polo (coord.), Religión y ciencia, Cuenca, Universidad Castilla La Mancha, 2007, pp. 111-126

La cadena de los seres

Por vez primera, el año 1809, el naturalista francés J. B. Lamarck puso negro sobre blanco el concepto de evolución. La naturaleza lamarckiana es un sistema dinámico controlado por las variaciones medioambientales; nuevas circunstancia que obligan a los seres vivos a cambiar de fisonomía. Adaptarse para sobrevivir. Inducidas por el medio la fauna y la flora terrestres se renuevan periódicamente, surgen especies nuevas a partir de las existentes. Lamarck subvierte la creación concibiendo la naturaleza como potencia. Lo hace reflexionando sobre la capacidad de los individuos para modificar su anatomía y convertirse en organismos diferentes. La historia del creador es sustituida por la historia de las especies, un relato donde cada grupo tiene su propio pasado.

El nuevo ideario no es casual ni fruto de la genialidad, se inserta en una larga tradición ideológica conocida como escala natural o cadena de los seres. La idea es sencilla e inocua, consiste en ordenar los seres vivos relacionándolos por su forma, rastreando su grado de complejidad morfológica. Conceptualmente, obtenemos una imagen intuitiva de la naturaleza estructurada en función de la semejanza de sus componentes; en la práctica, el resultado es una secuencia rectilínea donde los organismos aparecen cada vez más dotados de vida y movimiento, más complejos y perfeccionados. Por ejemplo, según el esquema del naturalista suizo Charles Bonnet, adalid de la causa en el siglo XVIII, la cadena comenzaría en los consabidos cuatro elementos (agua, aire, fuego, y tierra), dando paso a los metales y minerales. Organismos simples (madréporas, corales, mohos y líquenes), son los eslabones que conducen al reino vegetal, formado por hierbas, arbustos, y árboles. Identificados por el genérico seudónimo de plantanimales, las especies de medusas, esponjas, estrellas de mar, anémonas e hidras, realizan el tránsito al mundo animal. Vendrán después los insectos, los moluscos, los peces, las aves y los cuadrúpedos, culminando el hombre la serie. Mediante la representación escalonada de la vida construimos un estereotipo tentador y atrayente, así por su simplicidad como por la verosimilitud de una hipótesis que se percibe con los ojos, que no precisa de componendas físico-químicas ni de tortuosos cálculos matemáticos para comprenderse.

La idea es antigua, Platón y Aristóteles participaron en el entramado teórico. El platónico principio de plenitud pronostica que cualquier objeto capaz de existir existe, aunque sea desconocido. Aristóteles fue más comedido, puso cortapisas a la multiplicación orgánica porque, como escribe en su Metafísica, hay cosas imposibles. Y concibe la naturaleza como un ente encadenado indefinidamente, estableciéndose límites morfológicos porque cada eslabón representa el final del anterior comenzando el siguiente. Consecuentemente, la variabilidad queda restringida, y viene programada, por esta conexión causal nominada principio de continuidad . El esquema presupone la existencia de un plan vital único recreado en la naturaleza bajo mil y una formas. Modelo teleológico que se mantendrá por los siglos de los siglos con la versatilidad necesaria para adaptarse a los diferentes esquemas formulados sobre el origen de las especies, desde la creación hasta la evolución.





ANDRÉS GALERA
Professor. Investigador no CSIC: Consejo Superior de Investigaciones Cientificas, Madrid.

 

 

 


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