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THELMA NAVA

La seducción de las palabras

El copioso estilo de la realidad no es el único: hay el del recuerdo
también, cuya esencia no es la ramificación de los hechos,
sino la perduración de rasgos aislados. Esa poesía
es la natural de nuestra ignorancia.
Jorge Luis Borges

Espacios de fantasía y fabulación
Vocación originaria
Incursiones vislumbradas
Luminaria amorosa
Espacios de ruptura
Futuro e incertidumbre
Biobibliografia

Espacios de ruptura

Como para mí el compromiso es la vida, al igual que el resto de los escritores de mi generación tuve una activa participación en el Movimiento Estudiantil del 68 a través de la Facultad de Filosofía y Letras, al lado de José Revueltas, quien además de ser el destacado dirigente político que todos conocemos tenía algunas propuestas muy novedosas que entusiasmaban a los estudiantes, como la famosa “Operación Perro” que consistía en hacer pintas políticas sobre los perros callejeros que en su andar por las calles de la ciudad hacían propaganda al movimiento. Organizábamos muchas actividades y reuníamos fondos para los “muchachos” de la Facultad, como les solíamos llamar a nuestros líderes estudiantiles. Cuando encarcelaron a Revueltas, a quien tuvimos escondido un tiempo en la casa del poeta Carlos Eduardo Turón, y a raíz de la matanza del 2 de octubre nos dispersamos todos. Un tiempo después empecé a participar en la solidaridad con Cuba, a instancias del poeta cubano Fayad Jamís y posteriormente con Nicaragua y El Salvador. Curiosamente viajé mucho a Cuba y a Nicaragua, pero jamás he estado en El Salvador.

Fui jurado del Premio Casa de las Américas de Cuba y con Efraín y Ernesto Mejía Sánchez del Premio “Rubén Darío” en Nicaragua, donde por cierto fui condecorada en dos ocasiones, lo que significó para mí una de las mayores satisfacciones de mi vida. En Cuba conocí y me hice amiga de grandes escritores: Julio Cortázar, Mario Benedetti, Juan Gelman, Claribel Alegría, Nicolás Guillén, Loló de la Torriente, Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar y muchísimos otros que sería largo enumerar. A Julio Cortázar volvería a encontrarlo en Roma y en Nicaragua, a Juan Gelman y a Mario Beneditti los volvería a ver en México en muchas otras ocasiones, lo mismo que a Roberto Fernández Retamar. Desde mucho antes de la solidaridad con el sandinismo llevé una profunda amistad con Ernesto Cardenal con quien viajé a Roma, al Tribunal Russel, para llevar la denuncia sobre las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua a manos de la dictadura de Anastasio Somoza. Nicaragua para mí es un país mágico con poetas entrañables como Gioconda Belli, Francisco de Asís Fernández, Julio Valle Castillo y Carlos Martínez Rivas entre otros. Entre mis amigos salvadoreños puedo mencionar a Roque Dalton a quien conocí desde los años sesenta en la ciudad de México, a Manlio Argueta a quien vi por primera vez en Nicaragua y a Rafael Goches Sosa, quien vino a México en alguna ocasión, para afinar los detalles de la publicación de un libro suyo en alguna de las colecciones de “Pájaro Cascabel”.

En la década de los 60 fundé, con el destacado crítico Luis Mario Schneider, la revista “Pájaro Cascabel” y la editorial del mismo nombre. Ésta fue una de las revistas independientes más importantes de la época, junto con “El Corno Emplumado”, “Cuadernos del Viento”, “Snob", “Siglo I Poesía” y “El Rehilete”, en la que tuve una breve participación. La publicación de “Pájaro Cascabel” implicaba un verdadero reto que logré superar poniendo en esta tarea la misma pasión que he puesto en todo cuanto emprendo, sin descuidar por supuesto a la poesía, a la que nunca he abandonado porque ha sido siempre parte fundamental de mi vida. A través de la revista me mantenía en contacto con mis amigos poetas y editores de las otras publicaciones. Puedo asegurar a la distancia que jamás hubo entre nosotros la menor sombra de envidia o mezquindades, tan frecuentes en ocasiones en el medio. Por el contrario, nos ayudábamos entre todos generosamente. Sergio Mondragón, Margaret Randall, Huberto Batis y Margarita Peña fueron amigos y compañeros que mucho nos ayudaron a realizar nuestra tarea, al igual que Jesús Arellano, quien me dio todo su directorio de críticos de universidades de los EEUU que se interesaban en nuestra labor.

A propuesta de los editores de “El Corno Emplumado” y del argentino Miguel Grimberg, editor de “Eco Contemporáneo” realizamos en México el “Primer Encuentro Interamericano de Poetas” que tuvo una enorme resonancia en nuestro país. Fue la primera vez que se hacía un encuentro de esta índole y por supuesto no había ningún apoyo institucional. Los poetas llegaron de distintos países por sus propios medios, hubo una poeta sudamericana que llegó a vender un piano para pagarse el viaje. Hospedamos a los poetas en casas amigas. A todos les encontramos alojamiento. Los trabajos se llevaron a cabo en el Club de Periodistas de México, donde se realizaron conferencias y mesas de discusión sobre la poesía. Tuvimos una gran cobertura de prensa ya que en esos años un encuentro de poetas era algo novedoso. Realizamos, a iniciativa de Efraín Huerta, lecturas en la Calzada de los Poetas del Bosque de Chapultepec. Fue la primera vez que la poesía salía a espacios abiertos. Después hubo otra lectura en Malinalco. El subdirector del periódico “Excélsior cubría diariamente todas nuestras actividades. El Encuentro lo presidieron honorariamente Henry Miller y Thomas Merton. Guardo con enorme cariño la carta de aliento que me envió Julio Cortázar, junto con su mensaje “A los cronopios de la Acción Poética Interamericana”, fechado en París en 1964, escrito a máquina.

Es increíble la gran comunicación que existía entre todos los escritores en aquella época en que no teníamos más que el a veces exasperadamente lento servicio postal para comunicarnos Sin embargo, la comunicación era bastante fluida entre nosotros. Mantuve siempre una excelente comunicación con los poetas de otras latitudes, a quienes les enviaba regularmente “Pájaro Cascabel”, ya que tenía corresponsales en muchos países iberoamericanos. Mandaba los ejemplares a gente clave que distribuía convenientemente la revista, que luego era reseñada por los críticos en suplementos y revistas de esos países. Llegamos a publicar más de treinta libros de poesía en las diversas colecciones que teníamos, no sólo de autores mexicanos sino también de escritores iberoamericanos que deseaban publicar con nosotros por la distribución que tenían nuestros libros en los medios.

A raíz del Movimiento Estudiantil del 68 y debido a nuestra participación en él, no pudimos seguir publicando las revistas “El Corno Emplumado” ni “Pájaro Cascabel, ya que se nos negó la ayuda oficial que teníamos para la edición de las mismas, que si bien no cubría todo el costo, sí una parte importante del mismo. El escritor y amigo Edmundo Valadés, quien por aquel entonces trabajaba en la Presidencia de la República, nos había conseguido esa pequeña ayuda a la que he hecho mención y que por supuesto, ya no tuvimos más. Siempre he afirmado que las revistas literarias son como los grandes amores, es decir, tienen alguna vez un término, por una u otra razón.

Me ha interesado en forma permanente la creación de los jóvenes poetas de nuestro país y por la índole de mi quehacer literario como jurado de poesía, me he mantenido siempre al tanto de lo que escriben muchos de ellos. Desde la época que editaba “Pájaro Cascabel me preocupaba por la poesía joven, particularmente me interesaba en aquel entonces lo que estaban escribiendo las poetas, a las que me interesaba publicar. El panorama no era muy amplio, todo lo contrario de la época actual en la que verdaderamente las poetas han ganado grandes espacios en todo nuestro territorio lo que me da una gran satisfacción personal.

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