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ANDRÉS GALERA

Dpto. Hª de la Ciencia, Instituto de Historia, CSIC
proyecto de investigación BHA2003-01429
artículo publicado en la revista Endoxa año 2004

EL CONCEPTO BIOLÓGICO DE NATURALEZA
UN INSTRUMENTO COGNITIVO (3)

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EL DISEÑO
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La morfología es un elemento inmediato identificativo de los seres vivos, y podemos razonar, dada su consecuente correlación funcional, que la muerte individual es la perdida de la forma. La morfología representa un valor taxonómico añadido porque su significado biológico es la pervivencia del organismo, es como se manifiesta la vida en cada especie. Siguiendo este planteamiento, el aristotélico concepto de naturaleza según la razón deja de ser la diversidad de formas representativas de múltiples fines convirtiéndose en las mil maneras de expresión que tiene el fenómeno de la vida. En ambos casos hablamos de diseño, y tiene razón D'Arcy Thompson afirmando que existen sólo aquellas formas orgánicas acordes con la física y las matemáticas (1), el problema es la incertidumbre generada por el deficiente conocimiento científico. El filósofo Arthur Schopenhauer explicó la morfología con claridad evolutiva acuñando en la otra cara de la moneda natural aristotélica, la naturaleza necesaria -factor constante e inalterable presente en los seres vivos-, la impronta del tipo único definido por Etienne Geoffroy Saint-Hilaire (2) en su zoológica teoría de la unidad de composición orgánica, conjugándola con el mecanismo evolutivo lamarckiano. La figura cambia con las circunstancias y las diversas formas emergen de un tronco anatómico común perdurable y modificable en sus propiedades (3). Según la fórmula biológica de Geoffroy, el mismo esquema zoológico se diversifica en las diferentes composiciones anatómicas del reino animal (4).

El diseño orgánico es un argumento habitualmente utilizado por creacionistas y transformistas para justificar sus respectivas tesis sobre el origen de las especies. En el siglo XIII, la Summa Teologica escrita por el santo Tomás de Aquino recoge el argumento del diseño como un camino para llegar a Dios. Transcurridos varios siglos Schopenhauer transitó similar senda de perfección descubriendo un esquema unitario diferente: <<el cuerpo del animal no es más que su voluntad misma>> (5), de donde dimana su grandeza. Dictamen formulado al socaire de una idea general, la unicidad e identidad de los seres vivos en su voluntad de vivir partiendo de ancestros comunes (6). Entre las múltiples versiones que el tema mereció la del relojero, divulgada por William Paley en su Natural Theology (7), fue popular y exitosa. El resumen es sencillo: si paseando por el desierto encontrásemos un reloj no dudaríamos en atribuir su existencia a un relojero que habría diseñado, realizado, ensamblado, y ajustado las piezas que lo componen. Análogamente, resulta más verosímil admitir que los objetos animados existen gracias a un constructor que ha procedido de manera semejante, dotándoles de los mecanismos necesarios para su correcto funcionamiento, que atribuir su existencia a la azarosa actividad de la naturaleza. En el bando opuesto, el precedente libro de David Hume Diálogos sobre la religión natural (8) es referencia obligada. La propuesta contra el diseño divino es metodológica, se argumentan las limitaciones inherentes a toda analogía por las diferentes características que presentan dos procesos considerados semejantes, circunstancia que impide atribuirles igual conclusión (9). La misma relación causa-efecto es aplicable sólo a procesos idénticos, el resto exigen una comprobación empírica. La presencia de un reloj determina su causa primera pero de su presunta analogía con animales y plantas no se infiere la existencia de un relojero universal, por ser fenómenos disímiles. No se discute la condición mecanicista del ser vivo, su definición como un agregado de partes simples, piezas u órganos, se debate si la diferente cualidad de los organismos refuta la analogía frente al arte humano. No se niega la existencia de Dios, se rechaza que los seres vivos, por analogía, sean la prueba.

También en el siglo XX la idea tuvo fortuna, ahora con la fórmula del bricolaje de la evolución. Por ejemplo, François Jacob explica cómo los seres vivos evolucionan modificándose sus órganos durante millones de años igual que un experto en bricolaje construye sus enseres ajustando, retocando, y añadiendo nuevos elementos al modelo original (10); aunque el proceso no justifica la actuación de ningún hacedor (11). Científicos menos benévolos aprovechan los defectos del diseño para calificar la transformación como chapuza de la evolución y rechazar la figura del creador que, de existir, habría sido más cuidadoso al construir los objetos (12). Y recientemente la complejidad bioquímica de los seres vivos ha sido el argumento empleado por Michael Behe para retomar la idea del diseño inteligente explicando el origen de los seres vivos (13). Y cercano es el malabarismo lógico efectuado por Elliott Sober mediante el principio de verosimilitud (14) para analizar la polémica Paley-Humey, concluyendo que el argumento del diseño resulta más verosímil que los sucesos aleatorios pero no supera la comparación frente a la propuesta evolutiva de la selección natural (15). Anteriormente Richard Dawkins conjugó ambas opciones de manera menos rocambolesca y más ideológica, definiendo la selección natural como un relojero ciego agazapado tras la ilusión del diseño y de la planificación percibida por el observador al contemplar el producto seleccionado (16). La evolución soluciona el problema de un diseño que es real pero no intencionado, que surge a consecuencia del proceso pero no es su fin. En la centuria decimonónica Thomas Huxley, otro acérrimo dawiniano, defendió similar complementariedad atribuyendo al planteamiento teleológico de Paley un significado mecanicista convergente en la teoría de la evolución (17). En definitiva, calibrar el nivel de perfección de un sistema tiene un alto grado de subjetividad, lo cual explica que unos científicos describan la naturaleza agarrados a la mano de Dios -u otro ente inteligente- y otros comulgan con el diabólico azar; incluso no es inverosímil la conjunción de ambas posibilidades.

Objetivamente, aceptar la evolución orgánica no supone rechazar la teología. Aceptando ciertos límites se puede invocar a Dios y al diablo científico, y así lo entendió Huxley considerando que ciencia y religión son elementos compatibles; y pretendió demostrarlo (18). Darwin también fue permisivo con esta idea, confesando que la evolución era una teoría contraria a su ideología cuando en 1831 zarpa a bordo del Beagle . Entonces era un teísta fijista convencido aceptando como prueba el argumento del diseño propuesto por Paley, cuyo ideario estudió durante su periplo en Cambridge. El cambio de orientación se produjo al regresar de su viaje de circunnavegación (19), pero no renegó de su pasado ideológico. Tal y como expone en los manuscritos del Origen redactados en 1842 y 1844, y en el propio libro (20), basta con limitar el azar y convertir la creación en un programa temporal. Originarias leyes divinas habrían modelado la materia paulatinamente, con mayor o menor grado de libertad, siguiendo la dirección temporal que muestran los fósiles. Esta interpretación cronológica de la creación fue un argumento necesario para compaginar ciencia y religión anterior al modelo transformista. Por ejemplo, al considerar la naturaleza como un sistema energético se establece una relación de carácter trófico entre los diferentes componentes. Tan elemental observación obliga a ordenar los seres vivos según una serie que asciende desde las plantas hasta hombre como máximo depredador. La servidumbre nutricional de cada nivel respecto a los inmediatos determinaría una periodicidad, ordinal y cardinal, en la creación de suerte que cada eslabón pueda multiplicarse en cantidad suficiente para que las especies no desaparezcan sirviendo de alimento. La interpretación atribuye a la génesis orgánica un carácter finalista relacionando la existencia de cada nivel trófico con la supervivencia del (de los) siguiente (es), siendo el hombre el último y mayor beneficiario. Aunque, como reflexiona Kant valorando el ideario del caballero Linneo, quien en su Systema naturae recuerda que la alimentación es uno de los fundamentos del orden natural, el camino puede recorrerse en la dirección contraria llegando a muy distinta conclusión. Si aceptamos que cada nivel de la cadena trófica existe para mantener el equilibrio en el seno de la naturaleza, controlando la población del (de los) inmediatamente inferior (es), el anterior fin se convierte en un medio natural de conseguirlo, incluido el hombre (21). Estas consideraciones fueron habituales entre los naturalistas del siglo XVIII, pero al formularse la teoría darwiniana el camino biológico será el marcado por la paleontología. El equilibrio se representa ahora como una función sustitutiva conformando un cronológico tránsito morfológico hacia seres vivos más perfeccionados a través del proceso electivo de la selección natural cuya regla soberana es la supervivencia del más apto (el devenir de toda especie es su relevo por otra mejor adaptada), resultado de una lucha por existir planteada en parámetros malthusianos: mientras el alimento crece en progresión aritmética la población tiene un ritmo de crecimiento geométrico generándose un déficit alimentario que condiciona la relación individual. Malthus razonaba que << Las plantas y los animales siguen su instinto, sin que los detenga el reparto de las necesidades que sufrirá su prole. La falta de sitio y alimentos destruyen en estos dos reinos lo que nace más allá de los límites asignados a cada especie >> (22). En esencia, el argumento es una refinada aplicación matemática del antecedente modelo de cadena trófica pasándose de la descripción a la cuantificación. Actualmente, el neodarwinista modelo evolutivo por selección natural es insuficiente, se muestra inoperante para explicar como resultado de la evolución la complejidad orgánica descrita por los científicos durante la vigésima centuria. La ocasión es propicia para nuevos planteamientos, como el esquema simbiótico defendido por Lynn Margulis (23), y conviene recordar la sentencia de Marco Tulio Cicerón: <<nunca ocurrió lo que no puede ocurrir, pero si pudo, uno no debe admirarse>> (24).

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Notas

(1) D'Arcy Wentworth Thompson, Sobre el crecimiento y la forma , Madrid, Blume, 1980, p. 9 (traducción de On growth and form , Cambridge Univ. Press, 1961, reducida y actualizada del original de 1917).

(2) Cf . Andrés Galera, <<Modelos evolutivos predarwinistas>>, Arbor , mayo 2002, pp. 1-16; Andrés Galera, <<La alquimia de la vida. Etienne Geoffroy Saint-Hilaire y el evolucionismo experimental>>, Discursos e prácticas alquímicas III , Lisboa, Hugin, 2004.

(3) A. Schopenhauer, Sobre la voluntad de la naturaleza , Madrid, Alianza, 1970, pp. 98-101.

(4) Cf ., por ejemplo, E. G. Saint-Hilaire, Philosophie anatomique , París, Méquignon-Marvis, 1818, t.I; E. G. Saint-Hilaire, Principes de philosophie zoologique , París, Pichon-Didier, 1830.

(5) A. Schopenhauer, Sobre la voluntad de la naturaleza , Madrid, Alianza, 1970, p. 101.

(6) Ibídem, p. 100.

(7) William Paley, Natural theology; or, evidences of the existence and atributes of the deity collected from the appearances of nature , 1802.

(8) David Hume, Dialogues concerning natural religion , 1779 (citamos por la edición castellana Diálogos sobre la religión natural , Madrid, Alianza, 1999).

(9) Ibídem, parte II, p.48.

(10) François Jacob, Le jeu des possibles. Essai sur la diversité du vivant , París, Fayard, 1981, cap. 2, <<Le bricolage de l'évolution>>, pp.51-86.

(11) Cf. también <<François Jacob et André Langaney dialoguent sur l'histoire de l'histoire de la vie>>, La Recherche , nº 296, marzo, 1997.

(12) En esta línea ideológica, con mayor o menor énfasis, se manifiestan, por ejemplo, S.J. Gould, The panda's thumb. More reflections in natural history, Nueva York, Norton, 1980; D. Futyma, Science on trial , Nueva York, Pantheon Books, 1982; Kenneth R. Miller, <<Life's grand design>>, Technology Review , febreo/marzo, 1994.

(13) Michael J. Behe, Darwin's Black Box, the biochemical challenge to evolution, Nueva York, The Free Press, 1996.

(14) A. Edwards, Likelihood , Cambridge, University Press, 1972.

(15) E. Sober, Filosofía de la biología , Madrid, Alianza, 1996, pp. 63-88.

(16) R. Dawkins, The blind watchmaker , Londres, Penguin Books, 1991, p. 21 (1ª ed. Longman, 1986).

(17) Cf . su ensayo <<De l'accueil fait à l'Origine des Espèces>>, en T.H. Huxley, L'evolution et l'origine des espèces , París, Baiullière et fils, 1892, p.340.

(18) Cf . Thomas Henry Huxley, <<The interpreters of genesis and the interpreters of nature>>, 1885; citamos por la edición incluida en T.H. Huxley, Collected essays (1893-1894) , Hildesheim-Nueva York, Georg Olms, 1970, vol. IV, pp. 139-163, p. 162. También ibídem. Sobre la relación entrte darwinismo y diseño es de interés el artículo de Peter J. Bowler, <<Darwinismo and the argument from design: suggestions for a reevaluation>>, Journal of the history of biology , vol. 10, 1, 1977, pp. 29-43.

(19) Cf . Francis Darwin (ed.), The autobiography of Charles Darwin and selected letters , Nueva York, Dover, 1958, pp. 19, 63, 66, 175, 184.

(20) Citamos los ms. por la edición incluida en Darwin, Introduzione all'evoluzionismo , Roma, Newton Compton, 1979, pp. 52-54, 69, 128-130, 171, 211, 273; cf . también Ch. Darwin, On the Origin of species , Londres, Murray, 1859, p. 488-490. El tema lo hemos analizado en Andrés Galera, <<Creating evolution>>, en M. A. Puig Samper; R. Ruiz; A. Galera (eds.), Evolucionismo y cultura. Darwinismo en Europa e Iberoamérica , Madrid, Doce Calles, 2002, pp. 13-20; A. Galera, << Crear la evolución. El fundamento religioso del origen de las especies>>, Atalaya-Intermundos , Lisboa, nº 8-9, 2003, pp. 141-147 (también en www.triplov.com/ creatio/ galera.htm).

(21) I. Kant, Crítica del Juicio , Madrid, Espasa-Calpe, 1984, 3ª ed., p. 343.

(22) Thomas Robert Malthus, Ensayo sobre el principio de la población , Madrid, Akal, 1990, p. 56.

(23) L. Margulis, Planeta simbiótico.Un nuevo punto de vista sobre la evolución , Madrid, Debate, 2002.

(24) M.T. Ciceron, De Adivinatione , libro II, XXII (citamos por la ed. México, UNAM, 1988, p. 96).

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