REVISTA TRIPLOV
de Artes, Religiões e Ciências


Nova Série | 2010 | Número 05

   

Ataúd es una palabra extraña de por sí, y a lo que parece muy baqueteada. El idioma castellano la recibió del árabe hablado en la península Ibérica durante la época larga de la ocupación musulmana. Ha llovido desde entonces; incluso en el desierto de Atacama, donde nunca llueve. Pero no queda ahí la cosa; se sabe que el árabe la había tomado prestada del arameo, el arameo del hebreo y éste del egipcio. Todo por no adquirir responsabilidades en la denominación de arca tan simple. Todo por superstición, por temor a la muerte, último episodio de la vida, transición, culmen y deslizadero hacia lo desconocido.

El territorio más árido de La Tierra va, en Chile, desde Antofagasta, hasta Atacama, y desde los Andes hasta la Costa. Allí no hay tormentas; los vientos alisios se llevan las nubes. Los anticiclones del Pacífico y las altas presiones permanentes originan sequías larguísimas. En algunas partes del triángulo formado por Copiapó, Antofagasta y Calama, generaciones enteras se suceden sir poder presenciar el milagro de la lluvia. No obstante, si ocurre el prodigio, surgen millones de flores alfombrando el desierto; paciencia incólume de las semillas.

DIRECÇÃO

 
Maria Estela Guedes  
REVISTA TRIPLOV  
Índice de Autores  
Série anterior  
Nova Série | Página Principal  
SÍTIOS ALIADOS  
Domador de Sonhos  
TriploV  
TriploII - Blog do TriploV  
Arditura  
Jornal de Poesia  
Agulha Hispânica  
O Bule  
O Contrário do Tempo  
   

 

PEDRO SEVYLLA DE JUANA

 

De la muerte

y sus bromas

 

 

 
 
 
 
 
 
 

El cerro de Chañarcillo, de más de trescientos metros de altura sobre la base, desveló su secreto en 1832, resultando estar hecho de pura plata; o casi. Juan Godoi, un cateador según unos, alguien que busca vetas minerales; cazador al decir de otros, puede que pastor de rumiantes; halló pedazos de plata en estado nativo asomando de la tierra. Se hizo Juan con los derechos de explotación, pero, extravagancia de pobre, precisó dinero inmediato. Así que Miguel Gallo, minero viejo de Copiapó, falto de suerte hasta entonces, se hizo con la mitad del tesoro por unas pocas monedas de curso legal. Gastó Godoy lo cobrado en muy pocos meses, fue a por más a la misma fuente, y Miguel Gallo se convirtió en propietario de la totalidad.

Vivió Juan todavía unos años y lo hizo en la miseria, llamada absoluta, de quien no tiene donde caer muerto; circunstancia que no impide obrar a la muerte según su instinto. El viejo Gallo murió rodeado de propiedades, que en ese momento dejaron de pertenecerle; y es que la muerte, sobre todo, es rasero. Una plaza de Copiapó quiso acoger la efigie del insensato que carecía de paciencia y desconfiaba del futuro; tiempo, como se sabe, subordinado a los caprichos de la esquelética dama de la guadaña. El pueblo minero nacido al pie del Chañarcillo tomó su nombre: Juan Godoi. Broma del destino, el pobre dejó, al marcharse, más memoria que el rico.

Cuando ocurre la historia referida en el cuento, las minas de plata de Chañarcillo ya han rendido ingentes beneficios a sus explotadores; habiendo contribuido en buena medida a la prosperidad de la región. Estamos en la última década del siglo XIX, y la geografía se corresponde con los alrededores del pueblo de Juan Godoi, las trochas abiertas hasta Pabellón y un tramo del valle aprovechado por el río Copiapó para llevar su cambiante caudal al Océano Pacífico. Los mineros que remueven la tierra se saben situados en el extremo del mundo; pues la plata merma a ojos vistas, los trabajadores sobrantes se van a otros lugares y los trenes que parten hacia Copiacó y Caldera salen cada vez con menor frecuencia.

Evodio Cañas, descendiente de indígenas likan-antai, trabaja de barretero en la mina San Francisco, la Colorada; y su veta duerme a sesenta metros por debajo de la superficie. Luciendo el indumento indio, con un sombrero emplumado en la testa y ojotas nuevas en los pies, desposó Evodio a Eduvigis en una ceremonia que duró media hora y se celebró durante tres días, los tres días de fiesta del carnaval de febrero. Clarín, putu-putu, chorimori, ocarina y tamborín, juntos y por separado, amenizaron la parranda sacando los sones de la mejor música andina. Mi bella caití, le decía al acostarse cuando se ponía meloso; equiparando la nariz respingona de la esposa al pico curvado hacia arriba del ave negra y blanca. A su debido tiempo, parió Eduvigis un varón de cuatro kilos trescientos gramos y más de medio metro, que produjo en las entrañas maternas, rasgaduras suficientes para incapacitarla en lo tocante a similares procesos venideros. Pusieron al niño el nombre de Jovino, y hoy es un muchachote de algunas luces que gana 15 pesos mensuales como apir en la mina, la mitad que el padre. Pretende el puesto de mecánico o de maquinista de las nuevos ingenios que van llegando a la explotación; pero todo lo cambiaría por una plaza de carabinero.

La víspera de San Pedro, invierno de mil ochocientos noventa y tres, un error de cálculo que afecta al número de postes, vigas y puntales, produce el derrumbe de un tramo de techo en la galería donde Evodio desentierra el mineral: sales de plata mezcladas con arcilla ocre. Recibe el trabajador, influjo de su buena estrella, tan sólo el impacto de una roca, y no muy grande; que, sin embargo, obra de la mala suerte, basta para romperle la crisma y machacarle la sesera. Deberá enterrarlo Eduvigis; y la alegra que decayeran las antiguas costumbres de los ascendientes de Evodio, sobre todo la de enterrar a los deudos dentro de un hoyo cavado en la alcoba, dando al difunto una postura grotesca: casi sentado, las nalgas cerca del suelo, pegadas a los zancajos. Ensabanado quedaba en la tumba, rodeado del mejor manto y atado en fardo con cintas de colores. Prefiere lo de ahora.

Echa cuentas la viuda, y el dinero prometido por la empresa en concepto de indemnización, apenas le da para el pago de un maestro que ayude a Jovino a ingresar en el cuerpo de carabineros. Así que el entierro no provocará un despilfarro que se lleve el presente y el futuro. El responso del cura cuesta lo que la voluntad pueda comprometer, y el ataúd ha de ser cosa de su hermano, carpintero en Nantoco, pueblito de menos de medio millar de habitantes. A él le pedirá el cajón; y piensa pagarlo con referencias al parentesco y el desgrane de los recuerdos infantiles que originaron el cariño fraterno ya diluido. Pagados el tinte y el arreglo de ropas, la compra de velos y calzado negro, en lo sucesivo habrán de comer papas y porotos cocidos, vistiendo de lo antiguo hasta donde alcance. Pero el hijo, un día cercano, lucirá uniforme y arreos de gala.

El jefe de estación, el bodeguero y los dos cargadores, disponen la salida del tren cuando llega Eduvigis a la taquilla para comprar un boleto de tercera clase. La unidad que lleva a la viuda camino de Nantoco, pasa por ambos Molle y toma las numerosas curvas y los pronunciados desniveles con tal parsimonia, que la buena mujer entretiene su intranquilidad contando las durmientes que ve por las rendijas del piso: zoquetes de madera renegrida que aguantan desganados el peso de los raíles y de cuanto ellos soportan. En Pabellón se fija en los depósitos de agua, dos, menores que el de Juan Godoi aunque de fierro, más modernos sin duda. De Pabellón a Nantoco se la hace muy corto, y el abrazo dado al hombre de su misma sangre, de su mismo rostro, de su mismo pensar, se acorta debido a la urgencia de la embajada.

Encargo del ricacho enfermo que al cabo agonizó en el mejor hospital de Santiago, un arcón de lujo, olorosa madera de algarrobo y el interior mullido; tan caro que nadie en la región lo querría ni a mitad de precio, es el regalo que el hermano de Eduvigis entrega a la hermana para enterrar al cuñado. “Mil años resiste ese tronco a la intemperie y dos mil bajo tierra”: Explica quien sabe de eso. Ayuda a la generosidad la falta de salida de urna funeraria tan suntuosa, y el riesgo de robo que representa. Pero aún así, la memoria de las privaciones a las que estuvieron sometidos ambos en la niñez, de los comunes correctivos recibidos del padre, de las veces que ella ocultó las escapadas nocturnas del muchacho; allanaron las dificultades que doce años sin trato personal oponían. Y no es poco acicate el desconsuelo que la viuda demuestra vestida de negro, velos y tules cubriéndole el rostro, lágrimas obedientes a la llamada de la conveniencia.

Debe apurarse, pues si la corrupción del cadáver que fue Evodio Cañas queda suspendida por la arena salitrosa que lo recubre y la sequedad del ambiente, el hijo ha de permanecer velándolo y no podrá bajar a la mina. Tres veces en semana sale de Copiapó un tren mixto con destino a Chañarcillo. Tiene suerte Eduvigis; ese día nuboso es un día de tren. Llega el convoy con muy poco retraso, y ve la mujer que tras el coche de viajeros rueda un vagón de mercancías descubierto, la mera plataforma protegida por tableros abatibles, empleado en el transporte de los equipajes y algunas vituallas para la mina. A él suben el ataúd de fragante algarrobo y mullido interior; dejándolo apartado por precaución de medrosos. Cuando en lo alto se van concretando las nubes, concluida la estiva, con cuatro bufidos de vapor arranca la máquina. Arrastra tras ella el carro de viajeros, dividido en tres compartimentos disímiles. En los destinados a primera y segunda clase, los pasajeros disponen de dos y cuatro filas de asientos respectivamente, de los que se ve alguno libre. El resto corresponde a tercera, y lo forman bancos corridos donde se apretuja la gente ordinaria. A continuación, casi colmado de enseres, va el vagón de equipajes.

Hay cuatro kilómetros desde Nantoco a Cerrillos, que pasan ante los ojos de Eduvigis descubriéndole el menguante caudal del río -filtrado, evaporación o robo- y las verdes orillas vegetales. En la estación de llegada baja un pasajero y suben dos: el señor Zenón, abarrotero local en declive, y Antimo Maquia, un mozo bragado de rostro ceniciento, gesto hosco y bigotes hirsutos. Una población variopinta llena el coche, hombres más que nada, de muy diversas procedencias a tenor de las parlas oídas y las fachas vistas. En tercera no quedan agarres libres para los que van de pie, y el incesante vaivén del suelo impide a Maquia continuar suelto; así que como el invierno viene suave pasa sin prejuicios al vagón de carga. Al caer las primeras gotas de lo que luego sería una breve nubada, se sienta sobre los maderos serrados en forma de viga, puestos junto a un atado de capachos, próximos al ataúd. Arrecia el goteo y si al principio lo recibe contento, luego se incomoda. Piensa regresar al coche con los demás pasajeros; él conoce tretas para hacerse con alguna de las asas ya conquistadas. Tratando de embromar, de asumir su propia valentía o haciéndo burla a la muerte, ni corto ni perezoso abre el arcón fragante y se encierra en el interior mullido. Bien por la comodidad sentida, bien por la tibieza hallada dentro, acaso por el traqueteo o consecuencia de haber estado parrandeando buena parte de la noche, el caso es que al momento se duerme.

Mero soplo enredador, un vientecillo de nada lleva las nubes a otra parte dejando el cielo limpio y el aire reanimado. Entra el tren en Totoralillo cuando el Sol se presenta evaporando charquitos, volviendo la apariencia a lo previo. Rico o pobre, nadie baja en la estación; pero suben dos personas, un matrimonio que habrá de hacer transbordo en Pabellón si quiere llegar a Loros, donde con unos allegados partirá hacia Argentina. Marido y mujer siembran esa confidencia tres veces mientras buscan un equilibrio imposible. Después pasan al vagón de equipajes, se sientan en los maderos destinados a tirantes y fustes de mina y dibujan la sonrisa ambigua de quien no sabe a qué carta quedarse. Desde su posición observan el horizonte inestable, acercando la mirada a su alrededor para llevarla de objeto en objeto, utensilios y vituallas, y ponerla sobresaltada en el ataúd. Se rebulle su mente hasta dar con los prejuicios supersticiosos guardados. Para ayudar a encontrarlos, la tapa del arca mortuoria inicia el movimiento de apertura y un rechinar inquietante. Por la creciente rendija asoma de pronto un rostro cetrino, mal encarado, ensombrecido por los bigotes híspidos; un muerto recién revivido que extendiendo la mano, con voz entrecortada, alcanza a decir: ¿Ha parado de llover?

Antimo Maquia descabezó un sueñecito dentro del arcón hecho de algarrobo y mullido de tela; y al despertarse obró como su natural pedía, sin intención de asustar. Pero los que iban a Loros con propósito de partir hacia Argentina, vieron lo que creyeron ver y saltaron del vagón corriendo como vicuñas asustadas carentes de rumbo. Por eso, ni los parientes que esperaban para acompañarlos, ni los hijos y nietos, tuvieron jamás noticias de su paradero. Y es que Antimo saltó tras el matrimonio miedoso, asustado del espanto percibido en los ojos abiertos de los asustados.

PSdeJ

 

 

Pedro Sevylla de Juana nació en Valdepero (Palencia), España, en marzo de 1946. Deseoso de resolver las incógnitas de la existencia, comenzó a leer libros a los once años. Para explicar sus razones, a los doce se inició en la escritura. Ha vivido en Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid; pasando temporadas en Ginebra, Estoril, Tánger, París y Ámsterdan. Publicitario, conferenciante, articulista, poeta, ensayista y narrador; ha publicado dieciocho libros y colabora en diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa. Reside en El Escorial, dedicado por entero a sus aficiones más arraigadas: vivir, leer y escribir.
Página personal:
www.sevylla.com

 

 

© Maria Estela Guedes
estela@triplov.com
Rua Direita, 131
5100-344 Britiande
PORTUGAL