Miguel de Cervantes
ENTREMÉS DE LA CUEVA DE SALAMANCA

INDEX

Salen PANCRACIO, LEONARDA y CRISTINA.

Llama a la puerta el ESTUDIANTE Carraolano...

Éntranse todos, y sale Leoniso...

Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA...

Toca el SACRISTÁN, y canta...

(Sale el ESTUDIANTE y CRISTINA; él lleno
de paja las barbas, cabeza y vestido.)

ESTUDIANTE.- Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.

PANCRACIO.- ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE.- ¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.

PANCRACIO.- ¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la justicia!

ESTUDIANTE.- La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO.- No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE.- ¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas?

LEONARDA.- ¿Demonios en mi casa y en mi presencia? ¡Jesús! Librada sea yo de lo que librarme no sé.

CRISTINA.- [Aparte.] El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega a Dios que vaya a buen viento esta parva! Temblándome está el corazón en el pecho.

PANCRACIO.- Ahora bien; si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de ver esos señores demonios y a la canasta de las fiambreras; y torno a advertir que las figuras no sean espantosas.

ESTUDIANTE.- Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en la de un barbero su amigo.

CRISTINA.- ¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y éstos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE.- ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA.- [Aparte.] ¡Ay, sin ventura! Aquí se descose; aquí salen nuestras maldades a plaza; aquí soy muerta.

CRISTINA.- [Aparte.] ¡Ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!

ESTUDIANTE

Vosotros, mezquinos, que en la carbonera

hallastes amparo a vuestra desgracia,

salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,

sacad la canasta de la fïambrera;

no me incitéis a que de otra manera

más dura os conjure. Salid: ¿qué esperáis?

Mirad que si a dicha el salir rehusáis,

tendrá mal suceso mi nueva quimera.

Hora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos; quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.

(Éntrase el ESTUDIANTE.)

PANCRACIO.- Yo digo que si éste sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.

LEONARDA.- Sí saldrá, ¿quién lo duda? Pues, ¿habíanos de engañar?

CRISTINA.- Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero vee aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.

LEONARDA.- ¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela!

CRISTINA.- Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.

SACRISTÁN.- Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.

LEONARDA.- Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen menos.

ESTUDIANTE.- Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe.)

Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?

SACRISTÁN.- De Esquivias es, ¡juro a...!

ESTUDIANTE.- Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.

CRISTINA.- ¿Y éstos han de cenar con nosotros?

PANCRACIO.- Sí, que los diablos no comen.

BARBERO.- Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen.

CRISTINA.- ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.

LEONARDA.- Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.

PANCRACIO.- Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.

BARBERO.- Nuestro Señor pague a vuesa[s] mercede[s] la buena obra, señores míos.

CRISTINA.- ¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los diablos son como éstos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.

SACRISTÁN.- Oigan, pues, para que se enamoren de veras.

 

 




 



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