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GITO MINORE

Poemas del disco:
“Para sacarla adelante y otros poemas.
Lectura para Casa da Cultura.”
Autor: Gito Minore

EL DIA QUE EVA HIZO ABANDONO DEL PARAISO

Lo que más le costó

fue hacerse a la idea

de que el sueño

por fin había acabado.

Pero,

una vez pasado

este primer dolor

-ese abrupto despertar

acariciando la ausencia

en la almohada contigua-

lo siguiente sería

simplemente levantarse.

"Qué ancho es el infierno",

meditó sorprendido

mientras intentaba

incorporarse en la cama,

explorando

donde habían quedado

las ojotas.

Una fracción de luz

iluminó un sucio reloj

colgado en la pared

con las agujas

clavadas en las doce del mediodía

y, supuso al verlo,

que ya era tiempo.

A tientas

recorrió el cuchitril,

atestado de colillas desparramadas

y botellas rotas

entremezcladas con medias sucias,

platos sin lavar,

tazas con café helado

y viejas canciones de amor

escritas en servilletas.

Todo, absolutamente todo

nadando en la atmósfera viciosa

de esas cuatro paredes

impregnadas de humo rancio.

Se acercó a una avejentada cómoda

donde solía guardar

cosas en desuso

y, tras un breve esfuerzo,

el primer cajón accedió.

Parecía raro

que las polillas

no le hayan destruido

aquel indecente saco marrón.

Atinó a sonreir

mirándose en el espejo

como le quedaba

encima de la vieja hoja de parra.

Pero trató de no detenerse

en detalles.

Pesadamente se vistió,

se afeitó,

se hizo la cola al pelo engominado,

y, sin preocuparse

en desayunar

siquiera un resto de manzana

del día anterior,

salió a la calle

lo más pronto posible.

Sabía que no sería fácil

sin dinero,

sobre todo en aquel entonces

que en el paraíso

había cambiado la administración

y hasta el pasto estaba privatizado.

Se acercó hasta la avenida principal

y comenzó a recorrerla,

deteniéndose en cada vidriera

a ver si por casualidad

alguien buscaba

algún empleado resignado

que no exigiera demasiado

como pago a su jornal.

Así, el primer día transcurrió

sin mayores altibajos.

Adán volvió a su casa

y se acostó solo nuevamente.

Repitió esta secuencia

algunos días más

hasta que una mañana

el teléfono sonó para avisarle

que había conseguido trabajo

como encargado de limpieza de un supermercado.

Y ahí se quedó

sin protestar,

esperando que a Dios se le ocurra

mandar a el ángel

que expulse a su soledad pecaminosa

del paraíso.

Sin embargo, esto no ocurrió.

Adán, venido a menos,

simplemente se dedicó a dejar

que los años transcurran,

trayendo como único corolario

una vejez

sin más anécdota

que un recuerdo claro

de como amaneció

cada uno de los días

en el paraíso,

rebotándole en la mente.

Repitiéndose en cada ocasión

la vieja frase

que hiló

aquella primera mañana

"qué ancho es el infierno"

al acariciar,

entre melancólico e irónico,

el lugar de la almohada

que antiguamente

había ocupado

la mágica cabeza de Eva.

 
   

 

 

 


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