::::::::::::::::::::::::::::::::Rodolfo Alonso::::
La cuestión Sade

El 13 de diciembre de 1814 fallecía en el manicomio de Charenton-Saint-Maurice, regenteado por el Señor de Coulmier (sin duda la más amarga de las prisiones sufridas, y en la cual siglos después el dramaturgo Peter Weiss enmarcaría su Marat-Sade), uno de los espíritus más audaces del siglo XVIII y de todos los tiempos: Donatien-Alphonse François, marqués y más tarde conde de Sade, señor de La Coste y de Saumane, coseñor de Mazan, teniente general en las provincias de Bresse, Bugey, Valromey y Bex, maestre de campo de caballería (nacido en París, el 2 de junio de 1740), de antigua nobleza provenzal, ligado --por su madre-- a la rama menor de la casa de Borbón, que contaba entre sus antepasados a Hugo III, esposo de Laura de Noves, a la que Petrarca hizo inmortal, y fue a su vez autor de una obra cuyo escandaloso resplandor subversivo no cesa de hacer olvidar sus insignes cualidades filosóficas y literarias.
El suyo constituye sin duda alguna un fenómeno realmente excepcional, un auténtico caso. Aún ahora, cuando hace ya decenas de años que sus obras más perturbadoras circulan libremente --¡y en ediciones de bolsillo!--, el nombre del Marqués de Sade, como esa “sombra terrible” con que nuestro Sarmiento abre su Facundo, sigue excitando y despertando a la vez las más recónditas fantasías y los fantasmas más temidos. Porque en pocas obras literarias (y la de Sade es, además de sus singulares características, una obra literaria físicamente monumental), se ha ido tan lejos y tan hondo, se han planteado más descarnada y crudamente los enigmas más candentes y ocultos del individuo, de la condición, de la sociedad y de la especie.

Hijo del racionalismo de la Ilustración y de la Enciclopedia, de los cuales --como otros grandes espíritus de su tiempo-- extrajo su fe en la alta función de la filosofía como instrumento definitivo de la libertad humana, contemporáneo de la gran Revolución Francesa (a la cual adhirió, a pesar de su origen, y durante la cual --contrariamente a lo que haría suponer su fama-- se opuso a riesgo de la suya a la pena de muerte), la noticia de los actos de su vida 1 nos ha llegado a la vez desde la leyenda y desde la historia, y difícil resulta --aún hoy-- atenerse, con respecto a él, realmente a los hechos.

En medio del castigo, de la represión y de la censura que su nombre y su obra provocaron y aún provocan, siempre hubo hombres capaces de intentar comprenderlo. Y hasta de romper lanzas por él. Primero, casi tímidamente, desde el mismísimo e insospechado Sainte-Beuve, que en 1843 escribía 2: “… me atrevería a afirmar, sin temor a ser desmentido, que Byron y Sade… han sido tal vez los dos mayores inspiradores de nuestros modernos, expuesto y visible el uno, clandestino el otro; pero no demasiado clandestino. Al leer a algunos de nuestros novelistas de moda, si quieren el fondo del cofre, la escalera secreta de la alcoba, no pierdan nunca esta última llave”. Y luego, ya con más ímpetu, y a medida que nos embarcamos en el siglo XX (que es sin duda el siglo que ha realizado históricamente muchas de las más temidas fantasías del Marqués), otras voces vinieron. Comenzando nada menos que por Guillaume Apollinaire, otro auténtico visionario, que supo verlo, el primero, en su verdadera dimensión. Y a cuya pluma se debe un largo ensayo: El divino Marqués 3, que ya desde su título nos ofrece una de las primeras visiones favorables al genio de Sade. Y luego con el surrealismo, que lo convertiría con razón en uno de sus profetas, y con el existencialismo 4, que no supo bien qué hacer con él. Sin olvidar al psicoanálisis, del cual es un auténtico adelantado, y al cual prestó su mismo apellido para denominar al sadismo, una de las  constantes freudianas del inconsciente humano. Y ya casi en nuestros días con una verdadera pléyade: primero los estudiosos Maurice Heine y Gilbert Lely (“todo lo que firma Sade es amor”), auténticos pioneros de su reivindicación, y luego algunas de las más brillantes inteligencias europeas de la época, como Georges Bataille, Maurice Blanchot 5, Jean Paulhan, Pierre Klossowski, Mario Praz, Roland Barthes, Philippe Sollers 6. Y, entre nosotros, los argentinos (sin olvidar al mismísimo Roberto Arlt, en los planes de cuyo Astrólogo para financiar una revolución social mediante una cadena de prostíbulos algo tendrá Sade que ver), gente como E. L. Revol 7, Nicolás Rosa 8, Oscar del Barco 9, por citar sólo algunos.

A los diez años ingresó al colegio Louis-le-Grand, y a los catorce a la caballería ligera. De la que pasó, como subteniente, al Regimiento del Rey. Pronto ascendió a teniente de carabineros y conquistó sobre los campos de batalla, en Alemania, durante la guerra de los Siete Años, el grado de capitán. Dado de baja, volvió a París y se casó, el 17 de mayo de 1763, con la Señorita de Montreuil, a quien no amaba. (Al año siguiente tuvo su primer hijo, Louis-Marie de Sade, que fue muerto por guerrilleros en España, el 9 de junio de 1809). El marqués hubiera preferido sin duda casarse con la hermana menor de su mujer, que había sido internada en un convento, y a causa de la pena que esto le causó se libró a los excesos. Cuatro meses después de su matrimonio, es encerrado en Vincennes.

Su pequeña casa de Arcueil, L’Aumonerie, según rumores públicos habría sido escenario de orgías. Al parecer, al menos la puesta en escena debe haber sido escalofriante, aunque no se esté seguro de que se hayan cometido verdaderas crueldades. En 1768 estalla el escándalo de la viuda Rose Keller. Según se dijo, Sade era menos culpable de lo que se pretendía: haber lastimado a golpes de bastón a una mujer que había hecho previamente desnudar y atar a un árbol, sobre cuyas heridas había echado cera ardiente. El asunto Keller provocó el segundo encarcelamiento del marqués, en el castillo de Saumur, y luego en la prisión de Pierre-Encise, en Lyon. Al cabo de seis semanas, fue puesto en libertad.

En junio de 1772 tuvo lugar el asunto de Marsella; era menos grave aún que lo de la Keller. Sin embargo, el Parlamento de Aix condenó al marqués, por contumacia, a la pena de muerte. A ese acontecimiento se refiere su befa sangrienta de El presidente burlado 10. Ese juicio fue anulado en 1778. La noche anterior a su segunda condena, Sade huyó a Italia llevándose a la hermana de su mujer. Después de recorrer varias grandes ciudades, volvió a Francia y llegó a Chambéry, donde fue arrestado por la policía sarda y encarcelado en el castillo de Miolans, el 8 de diciembre de 1772. Con la ayuda de su joven esposa, se escapó la noche del 1 al 2 de mayo de 1773. Después de una corta estadía en Italia, volvió a Francia y retomó, en su castillo de La Coste, su vida de libertino. Iba a menudo a París, donde fue arrestado el 14 de enero de 1777, y conducido al torreón de Vincennes y, de allí, transferido a Aix, donde una orden del 30 de junio de 1778 anuló la sentencia de 1772. Un nuevo arresto lo condenó, por “libertinaje ultrajante”, a no ir a Marsella durante tres años y a cincuenta libras de multa en provecho del fondo de los prisioneros. No se le devolvió la libertad.

Mientras se lo trasladaba de Aix a Vincennes se escapó nuevamente gracias a su mujer, pero volvió a ser arrestado en su castillo de La Coste. En  abril de 1779 fue encerrado otra vez en Vincennes, donde tuvo un amor platónico con la señorita de Rousset, una amiga de su mujer, y de donde no iba a salir más que para entrar a la Bastilla el 29 de febrero de 1784. Allí escribió la mayor parte de sus obras. (Por ejemplo, el manuscrito de las 120 Jornadas de Sodoma fue escrito en sólo treinta y siete días en esa célebre prisión, cada atardecer, entre las 19 y las 22 horas, concluyéndose el 27 de noviembre de 1785).

En 1789, habiéndose enterado que se gestaba la Revolución, el marqués comenzó a agitarse. Se dice que a sus encendidas denuncias, lanzadas mediante manuscritos desde el presidio, se debe que el pueblo haya tomado la Bastilla el 14 de julio. Pero él ya no estaba allí. El 4 de julio, a la una de la mañana, por orden del Rey, había sido transferido al manicomio de Charenton. Un decreto de la Asamblea Constituyente le devolvió su libertad. Salió de Charenton el 23 de marzo de 1790. Su mujer, que se había retirado al convento de Saint-Aure, no quiso volver a verlo y obtuvo, el 9 de junio del mismo año, una sentencia de separación “de cuerpos y de habitación”. Esta desdichada se dedicó a obras de caridad y murió en su castillo de Echaufour el 7 de julio de 1810.

En libertad, el marqués llevó una vida normal, viviendo de su pluma. Publicó sus obras, hizo representar piezas en París, en Versailles y quizá en Chartres. Experimentó serias dificultades económicas, solicitando --en vano-- un empleo cualquiera. Participaba asiduamente en las reuniones populares de la Sección de Picas de la cual llegó a ser a menudo el portavoz. Era un verdadero republicano, admirador de Marat, pero enemigo de la pena de muerte y con ideas propias en política. Su conducta bajo el Terror fue humana y bienhechora; sospechoso, sin duda a causa de sus reclamos contra la pena de muerte, fue arrestado el 6 de diciembre de 1793, pero resultó liberado, gracias al diputado Rovère, en octubre de 1794.

Durante el Directorio, dejó de ocuparse de política. Recibía a mucha gente en su casa, acompañado por una mujer pálida, melancólica y distinguida, a quien Sade llamaba “su Justine”. En julio de 1800 hizo aparecer Zoloé y sus dos acólitos, novela en clave que provocó un enorme escándalo por sus referencias a personalidades vivientes y actuantes. Fue arrestado el 5 de marzo de 1801, en lo de su editor, Bertrandet, a quien iba a entregar un manuscrito corregido de su Juliette 11, que sirvió de pretexto para su detención. Fue encerrado en Sainte-Pélagie, de allí transferido al manicomio de Bicêtre, como loco, y finalmente encerrado en el de Charenton el 27 de abril de 1803. Allí murió, a la edad de setenta y cinco años, según Apollinaire (cuyos datos hemos seguido, en términos generales, para esta breve biografía) el 2 de diciembre de 1814, y según otros el 13. Había pasado veintisiete años, de los cuales catorce de su edad madura, en once prisiones diferentes.

Desde el extremo que representan las 120 Jornadas de Sodoma, un rollo de manuscritos redescubiertos recién a comienzos de este siglo XX, y que constituye --mucho antes de Krafft-Ebbing-- un auténtico catálogo de perversiones, un verdadero tratado (aunque en forma de novela) de psicopatía sexual, redactado con criterio casi puntillosamente científico (cuya monotonía y reiteración constituyen por otra parte una característica de su estilo como escritor, el mismo que hizo decir con justicia a Hubert Juin: “Su obra es helada. Mejor hecha para aterrorizar que para seducir”), pasando por el texto indeleble y perturbador de La filosofía en el tocador, el “opus sadicum” por excelencia según Apollinaire, y las tres versiones de Justine 12 donde el Bien es vapuleado a conciencia, o su contrapartida y continuación Juliette o las prosperidades del vicio, donde campea un Mal siempre triunfante, ese grupo de obras de choque constituyen la parte prohibida, reprimida, estigmatizada de la obra de Sade, pero de ningún modo la representan en su totalidad. A ella debe su prácticamente inagotable succès de scandal, que le costó en vida ser confinado físicamente en cien prisiones y, ya muerto, condenado también al sótano más secreto de las bibliotecas. Pero no para siempre. Porque, como bien dijo el lúcido Gaëtan Picon: “La clandestinidad de la obra de Sade no obstaculiza la universalidad de su significación”, agregando enseguida: “… lo que hay de anormal y de monstruoso en Sade no es más que el aumento, el desarrollo sistemático de una dimensión común del hombre”.

Porque sería tan injusto confinar a Sade en ese solo renglón de su producción literaria (olvidando su teatro, los muchos relatos de Los crímenes del amor 13 y Cuentos y fábulas del siglo XVIII, y novelas como Alina y Valcour 14, La marquesa de Gange 15, o Historia secreta de Isabel de Baviera, reina de Francia 16, muchas de las cuales son altamente moralizadoras y hasta evangelizantes, lo que constituye otra de las contradicciones de este espíritu impar, tan desmedidamente humano), como olvidar que la intención de sus libros prohibidos no era apenas pornográfica. Muy por el contrario, como afirma Maurice Blanchot en su diáfano ensayo La razón de Sade: “Lo que ha perseguido es la soberanía a través del espíritu de negación llevado a su punto extremo”.

Esta otra parte --mucho menos conocida-- de la obra de Sade, voluntariamente despojada de aquellos excesos que erróneamente se pretende invocar como exclusiva preocupación del autor (cuando en realidad han sido sólo un medio, un instrumento de su filosofar), permiten percibir también esa dimensión honda de su pensamiento, esa reducción al absurdo de los conceptos morales (heredados o impuestos) llevados hasta sus últimas consecuencias, para ponerlos a prueba, en su mismo juego satánico de bien y de mal, de sadismo y masoquismo absolutos. Frente a un mundo sin dioses y donde sólo reina la naturaleza (la nuestra y la del mundo), la libertad total del hombre comienza a desplegarse, tanteando sus límites, hasta los últimos extremos. Más allá de los chismes y los juicios, es a ese nivel de aventura intelectual humana que debe ser calibrada esta obra, sin duda monumental. Para probarlo, baste sólo una anécdota. En 1764 y 1765, el marqués se desprendió de los brazos de sus amantes para ir a investigar en el fondo medieval de la biblioteca de los cartujos de Dijon, en base a cuyos datos escribiría luego, ya en sus setenta y cinco años, la citada Isabel de Baviera.

Apollinaire, que no vacila en reconocer a Sade como “el espíritu más libre que nunca existió”, se refiere no sin razón a los dos textos de Justine y Juliette como “novela doble”. Y evidentemente es así: si el primero relata las peripecias con que la virtud es permanentemente castigada en este mundo, el segundo nos muestra --en forma reiterativa y obsesionante-- al mal triunfante en todas sus acciones. Contrapartida del no menos maniqueo esquema cultural que solía mostrarnos, a la inversa, y contradiciendo tantos datos de la realidad, a un Bien siempre triunfante y a un Mal agobiado, el esquema indagador, como de reducción al absurdo, del marqués, se hace evidente con estas palabras de Justine en una de las tres versiones de su historia, la titulada Los infortunios de la virtud 17: “¡Que sea afortunado el pervertido --me dije--, que lo sea ya que la providencia lo quiere, y tú desdichada criatura, sufre sola, sufre sin quejarte, ya que está escrito que las tribulaciones y las penas deben ser la horrible contrapartida de la virtud!”. Está escrito, dice. Y no sólo en el sentido del fatum, del destino que los dioses o el azar nos deparan. Sino también porque queda escrito, porque la escritura se hace en Sade voluntad de lucidez sin límite alguno, forma --que no conoce extremos-- del conocimiento. Que se entrevé, con claridad, ya desde las primeras líneas del mismo libro: “El triunfo de la filosofía sería el de arrojar luz sobre la oscuridad de los caminos de los que se sirve la providencia para llegar a los fines que se propone en el hombre y trazar de acuerdo con eso algún plan de conducta…”.

En el camino, pues, en el transcurso de la voluminosa y desencadenada obra escrita que al final es su vida, y que motivó sin duda su castigo (de no haber escrito, qué hecho se hubiera castigado en él, noble, al lado de los de tantos otros poderosos que pecaron indemnes), son muchas las iluminaciones que aún nos reserva su atenta lectura: por ejemplo, esa humilde nota al pie de página de uno de sus cuentos (Faxelange o los perjuicios de la ambición)18 donde se anticipa en muchos años a la interpretación freudiana de los sueños, o esa aparente frialdad de su estilo --como la de un incendio congelado-- que no es otra cosa que la luz de una razón desinhibida y penetrante, o el casi abrumador abismo de libertad ilimitada que los esquemas de su pensamiento, como un juego infinito de espejos multiplicados, proponen a la razón humana. Resplandores como estos, y el saber que Sade no se abstuvo de pagar su precio por ello, son suficientes para comprender las razones que indujeron a uno de sus más apasionados apologistas en nuestra época, el citado Hubert Juin, a afirmar honestamente de él: “Lo que hay de fantástico en Sade, es que Sade haya osado aventurarse tan lejos”.

¿Qué fuerza, qué pasión, qué sino llevaron a un aristócrata francés de la más rancia nobleza a acometer y concretar una tan desbordada y desbordante aventura intelectual, pagando por ello el precio de un exilio infernal, total y casi definitivo, que lo condujo durante veintisiete años de su vida a la cárcel o al manicomio, que lo obligó a renegar públicamente de sus propias obras (en la Carta a Villeterque, incluida en Los crímenes del amor, insiste en que nunca escribió Justine, uno de los libros que lo crucificaron), y que también lo alienó para siempre de toda relación humana? No lo sabremos nunca, a ciencia cierta 19. Aunque él mismo, entregado, confinado en su búsqueda, nos lance de vez en cuando mensajes más o menos contradictorios pero no por ello menos claros o directos: “Sólo me dirijo a aquellos capaces de entenderme, ellos me leerán sin peligro”.

1 Cfr. Vie du Marquis de Sade, por Gilbert Lely (Gallimard, Paris, 2 vol., 1952-1957); Vida e ideas del Marqués de Sade, por Geoffrey Gorer (La Pléyade, Buenos Aires, 1969). (N. del A.).
2 Algunas verdades sobre la situación en literatura. (N. del T.)
3 Incluido en Los demonios del amor, de Guillaume Apollinaire. Traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1998. (N. del A.).
4 Cfr. El Marqués de Sade, por Simone de Beauvoir, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1974. (N. del A.).
5 Cfr. su excelente ensayo “La razón de Sade”, incluido en Sade y Lautréamont (Ediciones del Mediodía, Buenos Aires, 1967). (N. del A.).
6 Cfr. El pensamiento de Sade, por Pierre Klossowski, Roland Barthes, Philippe Sollers y otros. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1969. (N. del A.).
7 Cfr. Caminos del exceso: William Blake y el Marqués de Sade (Universidad Nacional de Córdoba, 1964), y su Antología del Marqués de Sade (Ediciones Nagelkop, Córdoba, 1966). (N. del A.).
8 Cfr. “Sade o el texto falso”, incluido en Carta de un ciudadano de París, del Marqués de Sade. Editorial Aries, Rosario, 1969. (N. del A.).
9 Cfr. “El enigma-Sade”, incluido en Ernestina, del Marqués de Sade. Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1974. (N. del A.)
10 El presidente burlado, del Marqués de Sade. Traducción y prólogo de Raúl Gustavo Aguirre. Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1968; hay 2ª y 3ª edición. (N. del A.).
11 Dice Maurice Blanchot: “En 1797 aparece en Holanda La Nueva Justine o las Desgracias de la Virtud seguida de la Historia de Juliette, su hermana. Esta obra monumental, de casi cuatro de las bibliotecas mil páginas, que su autor había reelaborado varias veces, lo cual aumentaba aún mucho más su extensión, inmediatamente espantó al mundo. Si hay un Infierno, es para un libro así. Se puede admitir que en ninguna literatura de ninguna época hubo libro tan escandaloso, que ningún otro hirió más profundamente los sentimientos y los pensamientos de los hombres. ¿Quién osaría hoy rivalizar en licencia con Sade? Sí, es posible pretenderlo: ahí tenemos la obra más escandalosa que jamás fue escrita. ¿No es acaso motivo para preocuparnos? ¿Tenemos la suerte de conocer una obra más allá de la cual ningún otro escritor, en ningún momento, logró aventurarse; tenemos entonces de alguna manera entre manos en este mundo tan relativo de la literatura un verdadero absoluto, y no tratamos de interrogarlo?”. (N. del A.).
12 Escribió Gilbert Lely: “Existen tres versiones de la célebre historia de Justine, pero tan diferentes entre ellas que se las debe considerar como obras distintas: el cuento póstumo de Los infortunios de la virtud, descubierto por Maurice Heine y publicado por él en 1930; los dos volúmenes de 1791, Justine o las desdichas de la virtud, descubierto por Maurice Heine y publicado por él en 1930; los dos volúmenes de 1791, Justine o las desdichas de la virtud, cuyo título, durante un siglo y medio, debía ser un estigma de vergüenza, grabado sobre la frente del marqués; finalmente los cuatro tomos, aún más infamantes, de La nueva Justine de 1797”. (N. del A.).
13 Fue publicado por el sello Rodolfo Alonso Editor, de Buenos Aires, en cuatro volúmenes titulados Los crímenes del amor (1ª edición 1969, hay 2ª y 3ª edición), Tres novelas ejemplares (1ª edición 1970, hay 2ª edición), La doble prueba (1972) y Ernestina (1974). (N. del A.).
14 De esta inmensa novela de más de mil páginas existe una versión exageradamente resumida: Alina y Valcour. Una extraña historia de amor (Editorial Galerna, Buenos Aires, 1983. (N. del A.).
15 Hay edición castellana de Rodolfo Alonso Editor (Buenos Aires, 1ª edición 1969, 2ª edición 1972). (N. del A.).
16 Hay edición castellana de Rodolfo Alonso Editor (Buenos Aires, 1ª edición 1971, hay 2ª edición). (N. del A.).
17 Hay edición castellana de Rodolfo Alonso Editor (Buenos Aires, 1ª edición 1971, hay 2ª edición). (N. del A.).
18 Incluido en El presidente burlado y otras páginas, del Marqués de Sade; estudio preliminar, selección, traducción y notas de Rodolfo Alonso; Centro Editor de América Latina, 2 vol., col. Biblioteca Básica Universal nº 214 y 215, Buenos Aires, 1982. (N. del A.).
19 Aunque hay documentos que pueden ayudarnos a esclarecerlo. Cfr., por ejemplo, las Cartas de Sade (Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1969), y también su Diario inédito, publicado por el mismo sello en 1971. (N. del A.).

Rodolfo Alonso. Poeta, traductor y ensayista argentino. Fue el primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina. Premio Nacional de Poesía (1997). Orden “Alejo Zuloaga” de la Universidad de Carabobo (Venezuela, 2002). Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2004). Palmas Académicas de la Academia Brasileña de Letras (2005). Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires (2005). Premio Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia, 2006).

 

 

 




 



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