OSCAR PORTELA
"Escribo para olvidar", digo y aquél
se extravía en este axioma.
paradojal es todo, hasta el destino
de los muertos que forman parte
de la memoria de los vivos.
Sigue pues tu camino. Él se adelanta a ti
y te espera, con dudas y presagios,
felicidad y olvidos.
Oscar Portela
OSCAR PORTELA O EL EXILIO DE LA SOLEDAD
El Grupo Némesis le hizo llegar a Oscar Portela un cuestionario para tratar de analizar las razones de su destierro auto-impuesto en el lugar donde nació, Corrientes, así como el itinerario de su poesía. Estas son las preguntas y respuestas que trazan el perfil de un poeta impar.
 

G.N.: ¿Está dispuesto a someterse a las preguntas de un cuestionario?

O.P.: He sentido una especie de horror, la huída que produce el pánico, al tener que enfrentarme a las preguntas de un cuestionario, porque he afirmado que escribía para olvidar y borrar mis huellas (experiencias) de vida, de la memoria.

G.N: Desde sus primeros libros hasta ahora, ¿se ha mantenido fiel a una misma línea estética?

O.P. Toda la trayectoria de la "obra está atada" no a búsquedas estéticas sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo vivido, a sostener las búsquedas conceptuales, que son el andamiaje con el cual traté de sostener el frágil equilibrio emocional que me permitiera seguir viviendo.

G.N. ¿Son muy fuertes esas conexiones entre experiencia vivida y poesía?¿A qué época se remontan?

O.P. A los 12 años, tras las primeras lecturas de Nietzsche, decidí dejar la religión, lo que desató en el ámbito hogareño el primer estado general de desasosiego: yo era sobre protegido, porque fui muy enfermo de niño. Pero a no había vuelta atrás. Dos años después, dejé mi casa de campo para vivir
con una hermana de mi padre y terminar el secundario en Corrientes. Fue una época fantástica hasta que, a los 23 años, entré en el primer estadio de desequilibrios emocionales, cuando ya había comenzado mi trayectoria de creador a través del ensayo - balbuciente - y la poesía. Desequilibrio que yo le atribuyo a la prematura madurez cognitiva y al retraso de la "vida vivida", como decía Pavese.

Fue una época de grandes tensiones y torsiones existenciales que me lanzaron a la hoguera de la acción política, mientras seguía mis búsquedas en el terreno del concepto o plasmaba poemas en otros momentos. No olvidemos que el cine ha ejercido y ejerce en mi obra una poderosa influencia, que ha dejado de ejercer el paisaje, que queda sólo como "duelo retórico".

De esa etapa de búsquedas emerge Senderos en el bosque. Hay que decir que Ricardo Mosquera Eastman - que elevó los dos últimos cantos a la altura de clásicos - calificó a este libro, sin que esto fuera para él desdoroso, como "literatura de literatura". Desde entonces comenzó a hablarse de poesía hermética, de influencias orientales, surrealistas, neorrománticas, pero la crítica a veces se confunde; podía existir un poco de todo ello, ¡pero sólo era un barniz!. Raúl Gustavo Aguirre, muy cauto frente al segundo libro, Los nuevos asilos, escribió: "cantos que dudamos de calificar paganos, tal es la ón bíblica". Y es que comenzaba el periplo de las grandes torsiones.

G.N.: ¿Su padre, su madre, dejaron en usted huellas muy profundas?

O.P. Un año después de la publicación de Senderos… murió súbitamente mi madre, que es el ángel tutelar que aún me protege. Aunque existían influencias epidérmicas que se negaban a desaparecer, Francisco Madariaga dividió el libro en dos partes: "los Cantos a la muerte de mi Madre" y las restancias de Los nuevos asilos, título tomado de una traducción de Ölderlin de los grandes himnos pindáricos.

G.N.: En un momento se nota un cambio en la temática de sus poemarios. ¿eso es coincidente con experiencias vitales distintas?

O.P: Todo iba en mi vida muy, muy rápido, bajando el tono. Sin que ninguna búsqueda estética uniera mis libros, escribo en la cárcel Auto de fe: en mi vida se había hecho la oscuridad total, no había ni arriba ni abajo, sino voces que me llegaban desde lejos. Paradojalmente, Juan José Ceselli premia Recepciones diurnas y María Elena Walsh me pregunta "adónde fue tu juventud" antes de incluir en su antología de poemas a la madre algunos de los que yo escribiera en memoria de la mía.

Nadie, ni yo mimo, daba nada por mí: la traición política se ensañó conmigo, pero la amistad de quienes vivían en Buenos Aires me rescató de esa versión de la nada. ¿Qué tiene que ver un libro de tono religioso, del que Ernesto Wilde dijo que era uno de los pocos libros místicos escritos en la época, con todo lo anterior? ¿Qué hilo de Ariadna puede unir estas experiencias, que salen de una vida absolutamente fragmentada? De inmediato aparece, para despecho de los que esperaban mi definitivo ocaso.

Había una vez, la despedida de un gran amor o, por lo menos, de una gran pasión, con la que culmina tal vez mi juventud. Leonor Calvera nota el cambio de tono y Raúl Vera Ocampo también lo hace: Calímaco y Kavaffis estaban junto a mí.

G.N.: ¿En que circunstancias escribió su siguiente libro, Memoria de Corrientes?

O.P.: En el '84 mi padre, convertido ya en hijo mío, está una y otra vez a las puertas de la muerte, pero yo conservo ese tono pánico que tanto había confundido a muchos, con influencias extrañas a mí, tanto la del Sr. Claudel como la de Foucault. Entonces comienzo a escribir con fuerza los poemas de Memoria de Corrientes, obra que cae muy bien a la crítica de los medios de Buenos Aires. Elba Soto, Elizabeth Azcona y María del Carmen Suárez analizan con sutileza e ingenio el libro en su presentación y ven que, detrás de lo sensorial, continúan las búsquedas de certezas interiores, de alcance metafísico. Horacio Arman me escribe diciendo "un camino solitario en la joven poesía argentina" y en La Prensa, Guillermo Saavedra reivindica ese juicio.

G.N.: Un momento de respiro y una cosecha de buenas críticas, ¿qué siguió a eso?

O.P.: La próxima torsión en la que comienzo a abandonar los paisajes y visiones exteriores para conectarlas a una determinada stimung es Golpe de gracia, título que rinde tributo a una expresión de Jacques Derrida, y en la que cada palabra, rompiendo toda sintaxis hímnica, se mueve en los límites de una especie de reconstrucción poética. Este libro pasó inadvertido.

Años de lucha en la administración pública y en la SADE de Buenos Aires terminan en un fracaso rotundo y casi con mi vida. Los estados de inhibición, de angustia, de depresión se agudizan y, sobre la sombra de Derrida, comienza el largo e interminable duelo que constituye La memoria de Laquesis. Si Golpe de gracia me llevó tres meses de elaboración, Laquesis, antes de llegar a la imprenta, me llevó ¡cinco años!

Me siento extenuado, trabajar un poema es cirugía que abre heridas ya cerradas en apariencia y, cuando lo presento, siento que me estoy despidiendo de la poesía, cuando en realidad me estoy despidiendo de mí mismo.

Claroscuro, que sale ahora, es la continuación, la deriva y la sombra de Laquesis, un lamento, inusual en mí, acerca del paraíso perdido, perdido en mí, como fue perdido el deseo. Continúo y estoy terminando Descarnado, expresión que Ruth Fernández había utilizado alguna vez para definir mi recta vía.

G.P.: Carlo Michaelstaedter, un poeta italiano de comienzos del siglo XX, en su carta de despedida antes de suicidarse a los 23 años, dejó escrito, "muero por sobreabundancia de vida". En sus poemas aparece muchas veces la "tentación" del suicidio; la pregunta es entonces ¿suicidio por huida de la vida o suicido para predominar sobre la muerte y, como decía su admirado Nietzsche, ser "capaz de soplar sobre mí mismo para no terminar de arder?"

O.P.: Michelstaedter no hace sino confirmar aciertos nietzscheanos acerca de la conciencia desdichada, con respecto de que todo exceso exige, para preservar la vida, el elemento apolíneo: el arte; de lo contrario, no nos queda sino el suicidio y, hay que decirlo, nunca uno se mata sino mata al que cree que es. El suicidio es una línea de fuga y no sólo aparece en mis poemas sino que suena también en diversos momentos de una instancia de prueba para mí, frente al dolor, que implica la finitud y aquello que, yo lo diría con palabras de Sastre, "toda experiencia es una pasión inútil".

G.P.: Existe, por supuesto, una soledad última, una soledad ontológica del hombre en la tierra, del hombre en situación. En sus últimos libros se ha acentuado una especie de grito de soledad, ¿por qué?

O.P.: Escribo para olvidar, no las desgracias que acarrean las Moiras, sino los instantes dichosos que se niegan a irse, tal vez precisamente los de la infancia. Siento cada vez con más acritud la soledad de lo incomunicable, la falta de ternura en un mundo abandonado por los Dioses y el habla, y porque presiento, como afirmaba Heidegger, que ya sólo un Dios distinto a todo ente que se sustantivara como los enterrados, puede salvarnos, acercándonos a una nueva experiencia de la relación entre lo que falsamente se denominó durante siglos "profano" y "sagrado".

Junio de 2005

 

 

 


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