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MANUEL LOZANO.
MORADAS DONDE SANGRAR

Con mascarilla de palo de sangre absuelvo la herida perfectísima en tránsito a los frutos. Sí, sí, sí. Entonces, sí. ¿Qué Adán desnudo en su jaula espera con arrobamiento a su dios profanado? Se ofrece por la evidencia del entendimiento en danzas visibles. Inventa los tizones, la rueca, la cruz de astillas tatuada por tu sombra.

La tentativa negra enciende en ignominia el aliento de las hordas. Escarbas la plegaria frente al trueno: Oh, sangre, mistériame.

Exégesis de la adivinación en la gruta. He aquí el que lloró desde adentro su camino y su bosque. ¿Silba la memoria la fiebre de abalorios? Hubo que correr hasta escaleras de yeso que huyen a tu paso, sin olvidar el credo roto. ¿Y por qué llorar este mundo, estas migajas? Entraré en el vestíbulo.

Dinastías y vigilias y caravanas para llegar al momento en que entretejo mi desposesión. Oh, fuego, sé mi impronunciable.

En ascuas, nueve siestas donde beber el duelo de la palabra desesperanzada por el mito vacío. Engendro la canción como una selva virgen. Y te abandono con tus huesos.

Cuídate del ácido de la profanación. Hierve la miel de los viejos jardines. No desentierrres ataúdes. Oh, escarabajo, vuélveme velo de evidencia.

Un brazalete de pelos busca la plenitud de las pequeñas magias. ¡Victoria del espejo que saquea con agua celeste! Hay perfume de grito deslizándose al murmullo. ¿Qué fraguarán estos cartílagos? ¿Por qué aquí? Bebo el agua celeste en los volcanes.

Allí donde me habito, un columpio brilla. Es en medio de la fiesta cuando abro el escondrijo y aúllo. Oh, carne de silencios, sólo hiere la luz.

Suben las furias en la cicatriz prohibida; se lanzan sobre el cuerpo para ver la cumbre cegadora. Hipnal de un barro tan antiguo, eunuco del reino vedado, pedigüeño de una historia que se escapa entre las mordeduras:

Arránquenme las ruinas
surgiendo otra vez desde la tierra
del Principio.

 
 
   
   

 

 

 


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