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MANUEL LOZANO
LA CANÍBAL DETRÁS DE LAS
MURALLAS: ASCENSO Y CATÁBASIS
..por un conocimiento admirable que yo no sabré decir...
Santa Teresa, Moradas del Castillo Interior
II. SOBRE LA SUNTUOSIDAD DE LOS FESTINES


Desde los desdibujados relatos orales de los confabulatores nocturni, atravesando los manuscritos del ignoto escriba de Asurbanipal que, con los siglos, se llamaron “Gilgamesh, hasta las narraciones bíblicas, sin obviar las mitologías americanas, el agua, la madre-agua, la todopoderosa agua, nunca faltó a la cita. Tampoco en la literatura argentina donde, ligeramente, podríamos recordar algunos títulos memorables como “La inundación”, de Martínez Estrada, o “Ni siquiera el diluvio”, de González Lanuza.

Pero aquí no vindicaré de modo alguno esas mitologías o ficciones. Trataré de involucrarme en algunos sistemas de correspondencias y de asimetrías. Como concierne a los espacios sublunares de los pitagóricos, nada en el mundo de la poesía se repetirá, alguna vez, exactamente, término a término. ¿Qué elemento más lejano a la apariencia de lo inmutable que el último día de un imperio, que sus últimos gritos, que la última cópula, que el último trino del último de sus ruiseñores, que la última hoja caída del último roble?
La caníbal incita desde el ámbito poético a una genealogía verosímil (y no por ello menos fantástica): la de corroborar las mutaciones de un emblema, la vigencia de su degradación, el olor siempre final que implica su muerte, la transparencia final de su renacimiento. ¿Acaso la Caníbal no es Bizancio, no es (será) también Jerusalem, Nínive, Tebas, Roma, o una Nueva York de despojos? No quiero agregar nimiedades que linden en clasificación. Esta Bizancio se condensa y expande cada vez.

Abajo, no hay juegos malabares para amputar el miedo
en esa fábrica de muerte.
Al cuerpo lo separan, lo derriten sobre una mesa tibia:

el niño alcanza así el roce helado entre los huesos,
su única reliquia.
Reflujos de marea celeste en el baldío de las pieles
ya no pueden curar todo el cáncer de mi cuerpo,
mientras los otros juegan a nunca más sufrir, a no
/derramar el incienso
como el pan de los ángeles.
¡Qué vaciedad de mundo, tremenda vaciedad de
/marmitas,
para calmar el hambre de tus desaparecidos!
Como las uñas crece el hedor.
Como el cabello encarnado de los muertos
crece el hedor en llamaradas (...)

(de “El escrutador del secreto”).*

Desde aquí diviso el atardecer de la especie.
Fue en la mañana primera cuando las ubres de las vacas
/explotaron,
cuando la hermana azul vomitó sus tripas en un largo
/murmullo incandescente,
cuando rebrota en ti el rechazo de toda permanencia.

-¿Es así como nace el infierno?- me dije.

(de “Hagiwara”).*

Excavo,
excavo en sus arterias turgentes para encontrar la piedra.
Era la que debía abolir la existencia de aquel cielo,
todo rincón miserable de la invertebrada figura.
Son bramidos los que llegan de tu lecho, pigmentos
/fugaces
levantando a los infieles, celebrando en negra cacería
/su bautismo.
Pero no los señales en un gesto ulterior, no los delates.
Despojándome de mí, de ese dios recortado en trozos de
/injuria
y de esta raza en peligro de muerte
hiede la carne sobre el cielo.
¿Yo mismo?
Es tiempo de huir por los recodos.
Ruego al que no sabe por los vivos y los muertos.

(de “Cúbreme la cara con orquídeas”,
a Billie Holiday, diciembre de 1994).*

En “Bizancio” acaso ya han muerto todos, y los vivientes no son sino deambulantes fantasmagorías de una estirpe por cierto irrecuperable. Todos ellos, sometidos a la hipnosis colectiva habrían olvidado por completo su origen, extraviados en la intensa luminosidad “de una oscuridad insensata”. Una voz delatora, testigo de las ruinas, advierte desde el desasosiego en el poema “Las generaciones”:

Los que amaba están muertos,
desgastan ataúdes cenicientos allí mismo
donde no llegan el sol ni la lluvia incompleta
ni el granizo pertinaz de los castigos.
Han muerto todos.

Ahora los sabes y escarbas
contra el tenebroso inventario de harapos.
¿Por qué esta luminosa maldición
para quien lee nuevamente con los ojos
/crispados:
“Echa tu pan sobre las aguas;
porque después de muchos días lo hallarás”?
El vendedor de langostas pinta un paraíso
para la usura de un futuro inerme,
para los hijos y los hijos de sus hijos,
esas crías que no verá crecer
porque la vejez ya se instaló en su trono.

(18-VII-96).*

Visibles hasta la exasperación en la piel en fuga de la poesía, los rasgos indubitablemente informativos se sumergen. No apela a objetos vicarios, sacralizados por las efemérides patrias o por algún grupo desusado. Hay, sí, reliquias de otro costal o circunstancias erizadas: el cuerpo, un férvido revés de espejo griego, el triunfante gusanal de toda vida, el esplendente instante en que Nathaniel Hawthorne descubre en Milford su ciudad natal, la cara que anduvo buscando, acaso como todos los hombres el preludio del fracaso. También un usurero. O no. También un suicida. O no.

La plegaria y el ultraje exuberan
todo cuanto aquello que temblaba en tu voz
como un ángel deslumbrado.
Pero has comido en los despojos ¿de quién?
mirando el vuelo obediente de una mariposa.
Su divina majestad se abraza con su ídolo.

Todas las palabras humanas son inmundas.

(de “Y sin embargo, el desconsuelo”).*

Ahora sé que el agua arde y vuela: conozco su reverso, la crepitación diurna y nocturna de los dioses elementales. ¿Por qué no debe ser el centro de mi broma, como el fuego en el poema de Stephen Spender? Bizancio no es una cronología, pero incluye una vasta cronología. No es un mito, pero incluye mitologías verdaderas y apócrifas. ¿Pero de nuevo lo verdadero? ¿Adónde? ¿Cuándo?

(Diario, Cartagena de Indias, febrero de 1994).

La Caníbal plantea la existencia de un cosmos de posibilidades fantásticas, asida -¿por qué no?- a la narrativa y eventualmente a la ensayística. Por lo general, el género fantástico era privativo del cuento o la novela. ¿Pero por qué no leer a Petronio y a Villiers de l´ isle Adam, a Wells y Juan Rodolfo Wilcock definitivamente como poetas?

Aniquilada hasta el infinito, La Caníbal se hermosea sobre la suntuosidad de los festines.

Desandaré el camino

la noche
en que ha subido a la palabra
la más rota palabra.
¿Y adónde este llanto?
¿No hablábamos de anunciación?

(Poema, Madrid, abril de 1993).*

 
 
Los * señalan poemas del libro “Bizancio bajo las aguas”, de Manuel Lozano.
 

Manuel Lozano
FIED
Presidente
Fied_bsas@arnet.com.ar

   
   

 

 

 


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