SONIA NADHEZDA TRUQUE
(Escritora y poeta colombiana)
Algo del pasado verano
Con Susana nos contamos historias de amigos, recordamos las nuestras o jugamos a inventar otras en ese momento que precede al sueño, cuando metidos en la cama nos olvidamos de las facturas por pagar, de nuestras obligaciones laborales. Es divertido y cada noche comenzamos con un Te acuerdas de..., que nos hace reír o dar explicaciones. En las últimas noches hablamos de lo que hicimos el verano pasado, y Susana me cuenta siempre distinta la aventura de su viaje; le quita y le añade según su estado de ánimo, pero a mí no me preocupa. La dejo que se suelte en su murmullo en que el viaje aparece como mejor le conviene. Sonrío para mis adentros al escucharle la reiterada referencia a la simpática alemana que le gustaría volver a ver, porque sé que si algo hubo fue un alemán.

Creo conocer de esos asuntos pasajeros, de los encuentros en los aeropuertos, del paseo por la playa con el extranjero al que se le entiende a medias, y con el que se llega a una habitación del hotel, de la despedida y las promesas, en fin, todo acomodado y casi incluido en el programa de la agencia de viajes.

Pero cómo ofenderme por lo que no dice. Estoy contento con su regreso y si, como es probable, se encontró con un alemán, lo que vivió en su viaje, lo único que nos ha traído es un reajuste en nuestra relación, porque antes de decidir las vacaciones por separado estaba agotada. La manteníamos por el acomodo y la abulia de afrontar una separación en que sí hay qué separar. Por eso le cuento a Susana de igual manera lo que hice en el verano. Sin dificultad le describo la casa de alquiler que resultó confortable, tal vez, demasiado grande; del jardín que la rodeaba, de los árboles y de la brisa que en la noche traía un aroma delicioso; le hablo del pueblo donde todos se asombraban pues no habían visto en mucho tiempo un inquilino tan sosegado, que no daba fiestas, y por el contrario se mostraba parco en sus salidas y aún en la playa.

En todo esto hay algo de verdad, y el lugar resultó el mejor para concluir el proyecto de barrio alternativo al que dediqué casi dos semanas, entregado por completo a la tarea de levantar las maquetas,. contento de ver llegar a buen término el debate sobre viviendas populares, los logros en las mejoras sobre más espacio habitacional, más luz, y la discutida zona vecinal. No miento a Susana en nada de esto, ella bien lo sabe; tampoco le oculto que me preocupaba que no regresara, pese a conocerla bien y saber de sus extremos volubles y sus entusiasmos pasajeros. Lo cierto es que así viví la primera semana; sólo bajaba en la tarde para llamar a mi secretaria que me mantenía informado de los recados de personas con quienes debía comunicarme y también a la espera de alguna noticia de Susana, quizá de su regreso anticipado.

En cambio, lo que sí me resultó novedoso, fue la lectura ávida y desordenada de cuanta novela policíaca encontré en la librería del pueblo, argumentos que ahora repito a Susana, pero que me sacaron del rigor de la arquitectura y la política, lectura que me agradó mucho mientras escuchaba las pocas cintas que llevé, y que de alguna forma me daban algo de Susana, su lado de bailarina aficionada al jazz. La veía moviéndose en elipses en el sopor de un vaso de whisky, tratando de recapacitar sobre nuestra vida en común, mi propia vida, la edad. Nunca podré confesarle la falta que me hizo, como tampoco podré decirle de Ana, porque esa es la historia que cada noche me cuento.

Me sentía abatido ya que un inesperado error de cálculo en la glorieta mayor del barrio echaba a perder mi trabajo de más de diez días. Nervioso, iba de la ventana a la mesa y no encontraba otra solución que rehacer la maqueta; estaba a punto de saciar mi exasperación tirando todo contra la pared, cuando la vi asomada en la ventana, mirando con curiosidad al interior, con su aire de muchacha descomplicada. Supuse que quería algo y le abrí la puerta, pero se alejó en su bicicleta pedaleando con dificultad por el camino de piedra que lleva al pueblo y me dejó con mi problema que solo pude solucionar días más tarde como resultado de un arduo trabajo. No pensé más en ella, pero una tarde regresó y llamó en la ventana para pedirme ayuda y también un vaso de agua. Estaba en cortos y camiseta. La vi muy joven, casi menor de lo que en realidad era. Ofrecí poner un parche en la llanta pinchada, pero no encontré la forma de hacerlo. Aquella vez me comentó que era habitual en el pueblo, donde cada año veraneaba con sus padres, que son propietarios de un apartamento cerca de la playa; los bloques azules, señaló con un movimiento de la mano.

Varias veces Ana subió en bicicleta, y me alegraba su disculpa de llamar y pedirme un vaso de agua, pero prefería quedarse en el jardín y mantener aquel juego que se prolongaba en referencias sobre los anteriores inquilinos de la casa, las fiestas que parecían inevitables, como si la casa tuviera esa única utilidad en el verano, de tal forma que la llamaban “La disco de la carretera”, siempre entrando en detalles sobre veraneantes conocidos, un tanto inquieta de gustos y hasta llegó a mostrarse interesada por mi trabajo del que poco entendía. Comencé a llamarla la amiguita y me agradaba escuchar sus carcajadas al oírme decir que yo no era como aparentaba, que toda regla tiene su excepción, aunque hasta entonces Ana no me importaba más que por sus visitas que para mí era un intervalo de recreo; una isla entre mi trabajo y la lectura de las noches. Por ello Ana se iba cuando quería y yo la dejaba bajar al pueblo con su promesa de volver.

Supongo que si Ana se hubiera mantenido así, llegando por sorpresa para aliviarme de la carga de tener que pasar solo el verano, nada hubiera ocurrido. Pero me acostumbré a tenerla en el jardín, y cuando no regresó decidí a buscarla y comencé a bajar al pueblo con esa esperanza. En la calle principal encontré una terraza que favorecía el encuentro y estuve tardes enteras tomando cerveza mientras leía novelas policíacas, hasta que al fin un día la vi pasar con un grupo de muchachos, aunque su aspecto era diferente, quizá demasiado peinada y bien vestida. Le dije adiós con la mano y la dejé perderse en su mundo, quedé frustrado, pero dispuesto a verla de nuevo.

Ahora hay cosas que me pregunto y también lamento. La tarde que la volví a encontrar, no sé cómo logré arrancarla del grupo de muchachos con el que departía en un bar-disco al que entré por sorpresa. De allí la saqué y la llevé a mi casa pues la deseaba de forma rabiosa y me sentía reventar de deseo, pero lo que vino después fue sólo un forcejeo, y su histérica manera de negarse, con la belleza exacerbada, de aquella juventud que había exhibido un día cuando llamó a mi ventana. He pensado en el hecho, en la agresividad conque la tomé, y he querido saber con justeza si hubo en ello algo reprobable. Como a los escritores me sucedía que por más que una palabra pudiera definir con claridad una situación, a lo mejor la rechazan y buscan el matiz apropiado a través de otro sinónimo. Es lo que siento al pensar que obré con arrebato ignominioso, aunque el término ignominia me desagrada.

Por fortuna tuve la posibilidad de restañar mi violencia de esa tarde. Ana cedió a la aventura un tanto agria, debo confesarlo, de andar con un hombre mayor, alguien establecido dentro de los supuestos de las convenciones, que después de todo no son tantas, ya que con Susana principiamos libres y desatentos, a pesar de que hubiéramos dado paso a formas conyugales que tratábamos de evitar, pero que después acabamos por reproducir..

Seguimos viéndonos. Ana llegaba a la casa con la soltura que le daba nuestra relación; me hablaba de ella, de sus amigos y del novio del año anterior. Todas sus impresiones eran propias de su edad, casi ingenuas, y me llenaba de ternura y temor ante el daño que pudiera ocasionarle, aunque rara vez se mostró triste y por el contrario se iluminaba al escucharme describir las ciudades que conocía, mientras adivinaba un mundo amplio, donde todo era posible, y es probable que en él tuvieran cabida aún las mentiras sobre mi vida fuera del verano, mi soltería, las promesas.

Si antes he dicho que ignominia es una palabra desagradable, es porque acepto que no debí crear expectativas en Ana, y por el contrario he debido confesarle que lo que viví con ella me trasladaba de nuevo a cuando conocí a Susana y que las veces que Ana bailaba para mí el hit de moda era a Susana a quien veía y necesitaba. Estuve a punto de decírselo el día de nuestra despedida en la playa del pueblo vecino. Todavía no sé qué me obligó al silencio, pero recuerdo vívidamente a Ana saliendo del agua, los abrazos y los besos mientras creía tener a Susana joven entre mis brazos, como ahora que la veo dormir es tan infantil su rostro blanco que me oculta tantas cosas como le oculto yo.
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