"CLAROSCURO", UNA BIOGRAFÍA POÉTICA
de Oscar Portela
por Leonor Calvera

Está fuera de toda duda que la nuestra es una época de grandes cambios, de profundas transformaciones. Los adelantos tecnológicos durante el siglo pasado fueron asombrosos -o, como diría Ortega y Gasset, estupefacientes-: pasamos de la luz de gas a las comunicaciones transnacionales, de un modo de producción artesanal a los inmensos complejos industriales. La desintegración del átomo y sus múltiples aplicaciones -desde lo bélico a la medicina-; la invención de nuevos materiales como la fibra óptica; la reducción en el espacio de almacenamiento de las informaciones que resultaron chips que contienen millones de datos; la investigación espacial que permite escudriñar el paso de estrellas muertas hace miles de años; el desciframiento de la mayoría del genoma humano y las experiencias de trasplantes de órganos e incorporación de partes metálicas para suplantar órganos o mejorarlos; el contacto on line entre países muy distantes en la geografía. la lista de avances cibernéticos queda así sólo esbozada y, con seguridad, en este mismo instante está siendo aumentada con nuevos y más complejos y eficaces descubrimientos.

El progreso de la ciencia y técnica es extraordinario, pero ¿qué sucede con la mente humana, con el corazón? ¿Qué ocurre con sus valores morales, con su desarrollo interior? Aquí la admiración se vuelve horror: guerras cada vez mayores, conflictos, masas hambrientas en el mundo entero, revoluciones, nuevas pestes agregadas a antiguas enfermedades, falta de solidaridad, de justicia, de humanidad, de amor. Tenemos entonces un universo en profundo desequilibrio: adelantos que nos instalan cómodamente en este siglo XXI, acompañados de sentimientos y emociones que nos devuelven a la competencia, la rapiña, la codicia y el individualismo feroz de los tiempos paleolíticos.

Este mundo asimétrico, fantástico y mortal, ¿qué lugar le reserva a los seres sensibles, a los creadores, al poeta?

Lejos estamos de la consideración que se dispensaba a los poetas en la Grecia clásica y mucho más lejos del alto grado espiritual que le reconocían los druidas. Nuestra cultura los sitúa en un lugar que, en el mejor de los casos, es el de una figura decorativa y, en el peor, un marginado. Por ello, la expresión del poeta verdadero será siempre agónica, siempre turbulenta, al recordar a esa sociedad que lo deja en sus orillas que sus búsquedas son, en definitiva, las que realmente importan, las que tienen que ver con los hondones del ser. Este es el caso de Oscar Portela.

Su derrotero comienza con Senderos en el bosque, un poemario publicado en Buenos Aires en 1977 y continuado después con más de una docena de libros. A lo largo de todos ellos, se pueden discernir no sólo las distintas etapas de una búsqueda ontológica sino el trazado de su propia biografía. En una entrevista que recientemente le realizara el Grupo Némesis, el propio Oscar dijo que su obra "está atada no a la búsqueda estética sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo vivido." Sin embargo, no se trata de una biografía anecdótica sino que está llevada en clave de trascendencia, de sublimación.

En la primera etapa encontramos a un poeta exaltado, embriagado con las posibilidades de superación humana: en ese momento su cosmovisión se acerca a la del superhombre de Nietzsche. Las ideas del filósofo alemán, junto con las de Heidegger, lo nutrirán por largo tiempo y, más tarde, abrevará en Deleuze, Bataille, Derrida. Vale decir, sus indagaciones se orientan hacia el lenguaje, el erotismo, el sentido último de la existencia. Este es el tono que se va a reflejar, entre otros, en Auto de fe o Revocatoria, en Una ardiente paciencia, en Golpe de gracia.

Claroscuro es, en cierto modo, una suma de toda su trayectoria. Portela lo definió como "la continuación, la deriva y la sombra de La memoria de Láquesis."  El título mismo nos instala en su atmósfera, una atmósfera donde fuerzas opuestas luchan sin prevalecer; como en Rembrandt, el gran maestro holandés, luz y sombra se contrabalancean y sostienen. Una y otra no tienen otra fuente que el propio existir: de cada ser brota la luz como relámpago de deseo, como belleza, como proyección de un sentimiento o la sombra como decrepitud, soledad, desesperación. Cada aspecto contiene a su opuesto: la sombra puede ser un refugio acogedor y la luz, el sol que crucifica los sueños y ciega los ojos. La oscuridad puede ser creativa y la luz, destrucción.

Esa dualidad toma la forma del "yo" y el "otro" en los primeros poemas. El "yo" es aquel que hizo de su "osadía / la escalera que conduce al empíreo". El "otro" es aquel que tributa a "una sombra", ese otro que, al decir de Antonio Machado, es "el complementario, / ese que marcha contigo / y suele ser tu contrario". El yo y su complementario entablan un combate que adquiere aspectos contrastados: como lucha del bien y el mal, como azul de la infancia y huevo de la serpiente, como oro del paraíso perdido y detritus del infierno terrenal. Y, sobre todo, como memoria y olvido, como esfuerzo por recuperar lo que fue y ya no es. Una y otra vez aparecen las remembranzas sobre el cuerpo que los años transforman, sobre el amor extinguido, sobre las cosas que se perdieron. Es el "desierto", un desierto de pruebas, de tentaciones y también el desierto de la razón librada a sí misma. La mirada se vuelve entonces al abismo mayor: la muerte. El que "dominó la muerte" ahora clama por la noche, es la noche para ese corazón colmado de preguntas "que al viento y al sol me había prometido".

Es el claroscuro en que "la sangre coagulada" vuelve a sus orígenes, en que el poeta solitario espera que la madre regrese "en luminosas mañanas" para rescatarlo del desierto de la vida desgranada con daños y mermas. ¿Por qué vivir, por qué luchar?  En este punto, Portela entabla un verdadero diálogo con aquellos que partieron: a ellos les dedica muchos de sus poemas, a ellos se dirige en sus interrogantes cruciales. "Y esperamos la muerte, / ahora que dialogamos / asiduamente con la muerte / llevando la corona de los muertos."

En un tema caro al espíritu medieval, vida y muerte se le revelan como sueños, como imposturas: "Quédate entre los muertos alma / que muerta estás" porque somos un "teatro de sombras / del cual estamos hechos, nosotros, / marionetas, que con la pasión del absoluto jugamos / a desecar el mar".

Movido por la vida, quebrado por las muertes reales y simbólicas, el poeta busca encontrar el sentido último de sus desvelamientos, de su soledad, de sus pequeñas dichas, de su desierto. Su instrumento es la palabra y ésta suele ser moneda falsa, ambiguas denotaciones que flotan sobre hechos inciertos, que no dicen el nombre verdadero. Aun sabiendo la precariedad de este refugio, Portela busca en él su morada; allí  deja caer sus velos, se expone, muestra sus llagas, sus vacíos, se despoja de toda máscara que pudiera tener adherida a su piel, de todo artificio o tatuaje y, al hacerlo, va encontrando una realidad más firme que la vivida, más fuerte que la destrucción. Del poso de la duda y la angustia ha surgido el canto que religa al hombre con los dioses, "el canto humano y celestial, / demoníaco o santo".  En posesión de la palabra salvadora podrá enfrentar la nada y remontar los tiempos hasta las aguas primordiales, anteriores al caos y la noche, "las tinieblas más profundas" y el "alba primera"; allí donde resplandece la belleza de Satán,  donde no hay voz ni tiempo, donde se celebran las nupcias infinitas de los contrarios en la espiral continua de muertes y vidas.

Dice el poeta en "Bodas de luz": "Un día temprano, súbitamente / florecí con la luz / ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, / se hizo huella". Las palabras del canto le permiten a Oscar Portela tejer -tejerse- una nueva piel, una piel donde no se anuló el pasado sino que se ha convertido en un cuerpo más pleno, un cuerpo que rezuma fe en la conjunción de sagrado y profano. Un cuerpo de palabras que nos maravilla.

Palabras del artificio para captar la revelación. Lenguaje con acentos de Rilke o de Novalis pero con el fuego que brota de una percepción única. Por momentos abrupto, con grietas por donde se deslizan los sentidos y la razón en un orden rebelde a la lógica, el habla de Oscar Portela nos sacude con la imprevisible concisión de los poemas zen. Fluido, transparente, cálido, nada en este lenguaje puede ser alterado sin que se desmorone la estructura que lo sostiene y que, como en la pintura impresionista, nos conecta con varias realidades a la vez, con el mundo de los opuestos y con lo invisible que le da sentido.

Dueño de la palabra que crea, Portela remonta los ríos de la sangre para cancelarse y "aceptar lo que fue cancelado" si bien tiene la certeza que "el aliento de lo indecible continúa tras los /cansados pasos" de la sombra que es, esa sombra que "se consumará" en el nombre del padre. Porque en el adviento del nuevo nacimiento aprenderá a "transfigurar la muerte. para mudar el alma / las miradas del alma / y el cuerpo de la vida."

Del mismo modo, como hijo de la tierra que ama, se refiere con dolor, con pasión al estado en que se encuentra el país; no obstante, su mirada se carga de esperanza en el llamado admonitor a su patria; "Argentina,¡despierta! / tus raíces aún viven, / no las disperse el viento / ni diásporas de frío."

Vuelta a los orígenes biológicos en el rescate de las figuras parentales; vuelta a las raíces que hicieron grande a la patria en el mensaje con que la exhorta a salir del marasmo que la tiene postrada. En ambos casos, la memoria como cimiento para la construcción del futuro, pero una memoria amplia y comprensiva, que perdona sin ceder lugares al olvido. Esa memoria fuerte es la que queremos para todos. Esa memoria es la que queremos para la obra de Oscar Portela, nuestro correntino universal.


LEONOR CALVERA

 

 




 



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