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ARACELI OTAMENDI
Con piloto automático

"Escribo como quien duerme y toda mi vida es un recibo
que sigue sin firmar".

"Me quejo porque soy débil y porque soy artista, me entretengo tejiendo con musicalidad mis quejas y retocando mis sueños
conforme el modo que encuentro de hacerlos más bellos.
Sólo lamento no ser un niño, para poder creer en mis sueños,
no ser un loco para poder alejar del alma a todos los que me rodean".

Fernado Pessoa

 
 

Cómo me gustaría escribir sobre sedas, tazas de porcelana y otras bellezas, tal vez laúdes o luthiers, sin embargo suena el despertador a las seis y me levanto dispuesta a afrontar el nuevo día que despunta. Sí, despunta y el sol empieza a calentar y estoy de nuevo en pie sacando el tarro de café de la heladera, abriendo la canilla para llenar la jarra de agua fría, oprimo el botón de la cafetera blanca y oprimo también el botón de la pecé, los mails están ahí esperando que los lea mientras voy a lavarme la cara con agua fría para quitarme el sueño, los ojos aún casi cerrados. Paso el agua por los ojos mientras me miro al espejo, quiero lavar el recuerdo de esos sueños que no sé todavía si he soñado.Y el delicioso aroma del café circula por la casa, la invade como un duende invisible, sirvo el café en la taza blanca que nunca usaría si estuviera cascada y mientras lo bebo abro la canilla de la ducha y el agua corre, tibia, caliente, y el sueño también corre. Sueño loco, sueño surrealista, que cósas raras se sueñan. La luz entra por la ventana del baño como en la canción de lennon y maccartney pero era ella, ella la que entraba en la canción de John y de Paul, y también era Lucy en el cielo de diamantes. Algunos chicos caminan con zancos, la escena circense se ilumina en un teatro ¿quiénes son? Yo siempre espectadora del mundo, hasta en los más recónditos sueños. Voy a la cocina y un conejo hierve en el agua, se arremolina hasta quedar hecho una piltrafa, se multiplica como un clon, como en aquél cuento de Cortázar pero ahora nadie vomita un conejito, el conejo sólo hierve en el agua. Pobre conejo blanco. Me voy de ahí a otra parte, si pudiera volver atrás... Primero hay que flotar, ponerse de espaldas y flotar, hundir la cabeza, tomar aire y meter la cabeza en el agua. Está fría, tan fría. No importa, con la cabeza dentro vas a flotar como un pez, poné las piernas derechas y flojas ¿puedo abrir los ojos? Sí, claro. Mosaicos azules, agua cristalina, los ojos bien abiertos en el agua, toco fondo, salgo, saco la cabeza y él está ahí sentado en el borde. Otra vez, ahí, yo te sostengo, dejá las piernas flojas y flotá, flotá, el agua en los oídos es una sensación fea, extraña. Mové las piernas, la cabeza dejala flotar, después vas a saber nadar, pero si no flotás no vas a nadar nunca. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo sabré nadar? Una vez más. El sol está en el punto más alto, es mediodía. El agua está más tibia y me canso. Flotá, tomá aire, buceá, otra vez, y otra, y otra. Y otro día, y otro. Hacé la plancha. Ahora que nadás cruzá hasta el fondo, un ancho, después un largo. Atravesar nadando la pileta, llegar a lo hondo, seguir, seguir, aguantar, retener el aire bajo el agua, subir, respirar. El agua ahora está fría, tibia, fría. Y la mirada de él, ahí, en mis movimientos como si le diera cierta tranquilidad el hecho de que yo hubiera aprendido a nadar. Tal vez alegría, no sé. Dormir, dormir, soñar. Soñar con el agua, estoy en el agua, tengo que cruzar, irremediablemente hay que atravesar el ancho de la pileta cuando todos se quedan agarrándose al borde, flotando, nací Tauro, qué voy a hacer. El no está ahí ahora mirando, ahora no está. No sé dónde está pero no está. Vuelve a pasar el tiempo. Escucho otras voces, estoy en otros ámbitos. Ahora es de noche. La fiesta ya empezó, hay música, voces y también silencio, es toda una ilusión, un sueño. Volver a soñar ¿es posible? Soñar suena a sueño, a imposible y sin embargo esa palabra pronunciada por alguien convincente me induce a soñar. Esa noche duermo y sueño, vuelo, estoy en un avión sobre el océano, de pronto caigo en el agua a miles de metros de altura, sobre el mar. Es el océano azul y oscuro, adivino la profundidad mientras me pregunto si sobreviviré a semejante caída, a esa velocidad. Y sin embargo planeo en el aire como un pájaro y caigo y nado y nado entre las olas, estoy a flote, a salvo. Entonces despierto.

Hay que enfrentar un nuevo día, me seco con la toalla blanca y encuentro esperándome en la mesa el café caliente y aromático. Viajaré en tren, miraré el río, trabajaré si puedo, volveré en otro tren. Subo a un radio taxi por las dudas, ya oscurece, debo ir a San Telmo. La nueve de julio es la mejor opción para llegar ahí y el espectáculo empieza en el semáforo.

Malabaristas hacen la función frente a los autos, las esferas dan vueltas, espero la música, la música de las esferas que no llega ¿o si? La mano extendida del adolescente, alguna moneda desde un auto y el taxi arranca haciendo chirriar las gomas. Las luces encendidas de la nueve de julio son el mejor espectáculo de la noche. Si llego viva, pienso, si llego viva a destino tomaré menos café, llamaré a esa amiga con la que no hablo desde hace tanto tiempo. Nos detenemos en otro semáforo: antorchas en las manos de una chica, de musculosa y pantalones negros, pelo corto, ojos oscuros, se ríe, conversa, corre al medio de la avenida mientras dos jóvenes la esperan tetrabrik en la mano, el vino dulce como un sueño en la boca de los dos muchachos. La veré al día siguiente sentada en la plaza que corta la nueve de julio, con cara de sueño y grises ojeras, tetrabrik en los labios jóvenes, dos hombres jóvenes al lado de ella ¿qué destino le espera a esa mujer? Ya es de día, las luces frías de la noche se han extinguido, el sol entra por la ventana, me acomodo en un rinconcito, donde da el sol. Me levanto, pongo el piloto automático.

 

 

 


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