El pensamiento como poder transformador
Por José Donayre Hoefken

A Ordem Secreta dos Ornitorrincos de Maria Alzira Brum Lemos
(Amauta Brasileira, São Paulo, 2008)

Según el Diccionario de la Lengua Española, monotrema es el mamífero que tiene pico y cloaca como las aves y pone huevos, aunque las crías que nacen de este chupan la leche que se derrama de las mamas, que carecen de pezón, «p. ej., el ornitorrinco». ¿Alguien podría dar otro ejemplo? La respuesta quizá se pueda hallar en la novela A Ordem Secreta dos Ornitorrincos (Amauta Brasileira, São Paulo, 2008) de Maria Alzira Brum Lemos. Allí, sin dudas, abunda lo poco común e inclasificable.

En esta obra nada es casual ni determinante ni inocente. Brum Lemos se ha encargado de que la definición de lo literario escape a lo previsible. Ella no se detiene en el consenso ni parece preocuparle cumplir con una novela convencional para satisfacción de «todo el mundo». La crítica contra los críticos es dura y tan feroz como la que presenta contra el escritor y el lector. Nadie se salva aquí… ni los ornitorrincos. De hecho que los editores quedan como los individuos, en el sentido taxonómico, peor parados.

Pero no se trata de una novela que pretende poner los puntos sobre las íes, pues Brum Lemos apuesta por prescindir tanto de los puntos como de las íes, es decir, estamos en un terreno de arenas movedizas donde todo es posible y nada parece ser verdad fehaciente ni posibilidad verosímil más allá de un párrafo, a veces hasta de una línea e incluso de una palabra. Arenas movedizas gobernadas por un narrador que cede su ejercicio al lector, que puede ser cualquiera, en realidad, para bombear una historia que es pretexto de innumerables indicios para ir ubicando una verdad que salta, se transforma, huye, se hace copia y calco de grandes mentiras e increíbles inventos con la impronta de Brum Lemos. Y cuando uno cree tener a esta verdad enmarañada sujeta de una pinza y bajo la claridad de laboratorio que brinda un foco ahorrador de energía, la incertidumbre vuelve a echar sus raíces en una historia que se revisa y cuestiona a sí misma, mientras avanza (avanza es un decir). En este fraccionamiento de la realidad, Brum Lemos consigue orquestar una intriga que se resuelve desde su particular teoría del caos, para erigir una polifónica novela sobre la novela.

Nada detiene la inventiva de Brum Lemos. La escritora plantea versiones de versiones, fábulas, eslóganes, hipótesis, adaptaciones de cuentos, guiones, artículos, investigaciones, parodias de teleseries, aforismos, microrrelatos, poemas y descripciones enciclopédicas, entre otras formas, en un clima de absoluta experimentación en cuanto a los límites que imponen los géneros literarios y los tipos de ficción, sin desaprovechar, además, los resquicios y vetas entre la ficción y la realidad en constante declinación.

Y todo tras una verdad. Una verdad que no existe, al menos, como norte. Una verdad que está en cada uno de los personajes, así como en sus reflejos, obsesiones, proyecciones, distorsiones, reencarnaciones y evocaciones, en sus múltiples máscaras como personas o personalidades. De la verdad filosófica como género y generalidad. Y de su hermana fea: la mentira o invento literario como cimiento de una ética reflexión sobre el discurso que, además de imitar la realidad, cuestiona los fundamentos de las ciencias y creencias contemporáneas desde la tradición esotérica, la iluminación poética y los pactos secretos. Esta materia aparentemente inasible —y tan atractiva como una flor carnívora o una pelirroja en un envase de tinte para pelo—, en enfrentamiento constante con el spot publicitario, la encuesta de opinión y el marketing como rito, ceremonia y cosmovisión, respectivamente, se enfatiza y potencia con un bolero, el fino humor de la autora y los guiños eróticos.

Brum Lemos nos da cuenta de una Orden Secreta inadmisible para una historia oficial. Inadmisible para una sociedad en la que lo valioso se obtiene exclusivamente con dinero, sin que la fe ni la ciencia logren superar dicho esquema. Estamos en el terreno de la salida estética, de obtener valor por medio del desquite o reivindicación del arte como fin supremo de la creación. Del arte de la palabra, en este caso. Y ya aquí, en ese intersticio, nos encontramos en una muy interesante posición, donde la cosa secreta u oculta deviene en asunto exotérico —pero sin que deje de ser esotérico por el modo en que está formulado—. Los que tienen ojos para ver, que vean. Nos encontramos, en suma, en el ámbito de la exaltación de la ficción, pero de auténtica ficción que cambia de piel y color a medida que progresa la historia, y esta se explica en avances y retrocesos. Historia que tiene como protagonista no al individuo sino a su pensamiento como poder transformador: fluido de una muy bien articulada sucesión de metonimias.

Aquí un ejemplo de lo que planteo:

«La historia de la ciencia es, al mismo tiempo, una narrativa sobre los procesos de la naturaleza y sobre sí misma. Es la narrativa de las transformaciones en cuyos orígenes se encuentran ideas místicas y las artes de la magia y la alquimia. Francis Bacon, uno de los fundadores de la forma científica de pensamiento y conocimiento, imaginó el futuro en un mundo artificial creado por el tormento impuesto a la naturaleza. Sería una sociedad tan más perfecta cuanto más grande fuera ese tormento y en donde habría, entre otros híbridos, peces injertados.»

Que vean y lean los que tengan ojos.

 
 
 

 

 

 




 



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