VII Colóquio Internacional
"Discursos e Práticas Alquímicas"
LAMEGO - SALÃO NOBRE DA CÂMARA MUNICIPAL
22-24 de Junho de 2007

Juan Manuel Sánchez Arteaga:
LA DESIGUALDAD DE LAS DESIGUALDADES:
IDEOLOGÍA Y CIENCIA EN Mlle. CLÉMENCE ROYER (1830-1902)

INDEX

Resumen
Introducción
Royer y las teorías sobre evolución...
La antropología feminista de Royer...
Royer y la desigualdad de las desigualdades...
Conclusiones
Bibliografía citada

LA ANTROPOLOGÍA FEMINISTA DE ROYER CONTRA EL MACHISMO CIENTÍFICO DECIMONÓNICO.

Sin duda el ámbito de la ideología científica en el que mejor se reflejan las características progresistas e igualitarias del pensamiento de Royer se sitúa en el marco del debate sobre la igualdad o la desigualdad biológica de la inteligencia en hombres y mujeres. Analizaremos esta problemática centrándonos en un debate científico entre Royer y otros antropólogos de primera línea, en una de las más altas tribunas de la ciencia antropológica de la época: el Congreso internacional de Antropología que tuvo lugar en París en 1878.

En concreto, en dicho Congreso tuvo lugar un polémico debate entre dos de las figuras científicas más emblemáticas para la antropología francesa decimonónica. Por un lado encontramos al prestigioso alienista y antropólogo físico Gustave le Bon, defensor de la existencia de un hiato en la organización física y cerebral de hombres y mujeres, una frontera biológica inalterable que determinaba la superioridad intelectual de los primeros sobre las últimas. Frente a él, Clémence Roger expondrá unas ideas completamente opuestas -si bien en términos igualmente científicos- proporcionando uno de los primeros ejemplos de una ciencia antropológica de decidido carácter feminista.

En sus Investigaciones anatómicas y matemáticas sobre el volumen del cráneo –trabajo que había sido premiado con el Prix Godart de la Sociedad Francesa de Antropología en 1879 (1) - Le Bon había establecido una tabla jerárquica de distribución del <<grado de inteligencia>> entre las distintas clases sociales de París, así como entre los géneros masculino y femenino.

A partir de una muestra compuesta por 1200 parisinos, y tal y como evidenciaba el estudio anatómico de la conformación del cráneo, la jerarquía intelectual de la sociedad parisina estaba encabezada, según los datos de le Bon, por los <<sabios y literatos>>, seguidos por los <<parisinos burgueses>>, la <<antigua nobleza>>, los <<domésticos>> y, por último, los campesinos (2).

Y si las huellas biológicas de una evolución cerebral diferencial podían descubrirse estudiando la conformación física del cráneo entre las clases sociales superiores e inferiores, ¿qué no decir de las diferencias evolutivas que el estudio científico del cerebro podía, según Le Bon, hacer patente entre los distintos géneros masculino y femenino? En este sentido, Le Bon había contrastado <<el peso del cerebro[…], en relación a la inteligencia de ambos géneros>>(3), hasta llegar a racionalizar biológicamente la incuestionable superioridad intelectual masculina. De acuerdo con el citado estudio, no podía haber la menor duda al respecto de la jerarquía natural entre hombres y mujeres. La ventaja evolutiva de los machos, favorecida por un uso superior del cerebro, existía desde los primeros pasos de la hominización, y se hacía mayor a medida que se progresaba culturalmente en el grado de civilización:

<<Incluso entre las aglomeraciones más inteligentes, como los parisinos contemporáneos, hay una notable proporción de la población femenina en los que los cráneos se aproximan más por su volumen a los de ciertos gorilas que a los cráneos del sexo masculino mejor desarrollados>>(4).

Estas diferencias biológicas, que en ciertos casos, de acuerdo con Le Bon, parecían aproximar a las mujeres más a los simios antropomorfos que a sus propios congéneres masculinos, se acentuaban a medida que se ascendía en el grado de complejidad de las sociedades humanas, y la división sexual del trabajo compelía a las mujeres a ejercer roles sociales netamente inferiores a los del hombre, desde el punto de vista del esfuerzo intelectual requerido:

<<La diferencia existente entre el peso del cerebro, por lo tanto, del volumen del cráneo del hombre y de la mujer, va creciendo a medida que se asciende en la escala de la civilización, de forma que, desde el punto de vista de la inteligencia, la mujer tiende a separarse más y más del hombre[…] los cráneos femeninos de las razas superiores, donde el rol de la mujer es nulo, son remarcablemente más pequeños que los cráneos femeninos de las razas inferiores>>(5).

Desde este punto de vista, para la perspectiva más orotodoxa de la antropología física del momento, tal como era defendida por le Bon, la mujer occidental se encontraba en una posición jerárquica relativamente inferior, con respecto a su capacidad intelectual en relación a la del cerebro del hombre europeo, que las mujeres de otras sociedades tenidas por menos desarrolladas –de acuerdo con el paradigma del evolucionismo cultural, imperante en la antropología social de la época-:

<<Mientras que la media de los cráneos parisinos masculinos se sitúa entre los cráneos más grandes que se conocen, los cráneos femeninos de París se sitúan entre los más pequeños cráneos de mujer observados, muy por debajo de los cráneos polinesios, y apenas por encima de los cráneos de mujeres de Nueva Caledonia>> (6).

Para hacernos una idea de hasta qué punto este tipo de machismo científico estaba anclado en la ortodoxia antropológica de la época, baste decir que Paul Broca –quizás el mejor antropólogo físico de todo el siglo XIX-, que se hallaba presente en el debate durante el congreso parisino, consideró estos estudios de Le Bon como una relación científica de <<hechos muy exactos>>, y se mostró completamente de acuerdo en la tesis defendida por este último, según la cuál la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer crecía a medida que se ascendía en la escala racial:

<<La diferencia va creciendo a medida que la división del trabajo ha permitido dar a la mujer ocupaciones más sedentarias>> (7).

Así, los mejores antropólogos finiseculares mantuvieron la creencia científica (de carácter neolamarckista) en que la herencia de los caracteres adquiridos por el esfuerzo intelectual –por el distinto “uso” del cerebro- podía explicar en términos biológicos el distinto desarrollo de la inteligencia entre los géneros masculino y femenino, así como la superioridad intelectual del primero de estos géneros sobre el último. En definitiva, para la comunidad científica más ortodoxa de fines del siglo XIX, la cúspide evolutiva de la naturaleza se encontraba en el cerebro de los machos humanos de las razas “superiores” (más adelante seguiremos hablando de racismo antropológico).

Así las cosas, no es de sorprender que la primera crítica científica radical a este punto de vista absolutamente machista, que no tenía en cuenta las proporciones relativas de los órganos (tales como el cerebro) con respecto al peso total del cuerpo y a otros caracteres correlativos, viniera precisamente de Clémence Royer, cuyas teorías científicas al respecto están mucho más próximas a los conocimientos actuales de la moderna antropología física. En efecto, como sabemos hoy, el peso del cerebro o la capacidad craneal no puede tomarse como un indicador absoluto de la capacidad intelectual de ningún ser humano (algo que era considerado ortodoxo en los tiempos en que Clémence Royer escribía, lo que servía, como hemos visto, para justificar científicamente la superioridad del hombre sobre la mujer). En todo caso, como reclamaba Royer, dicha medida del peso cerebral debería ponerse en relación con otras variables antropométricas, tales como el peso total del cuerpo. En este sentido, el ensayo de Clémence titulado, <<Des rapports des proportions du crâne avec celles du corps, et des caracteres correlatifs et evolutifs en taxonomie humanine>>, con el que contestó una por una las pretensiones machistas defendidas científicamente por Le Bon, Broca, y otros popes de la ciencia de su época, debe considerarse como una de las primeras muestras de una antropología científica feminista. Si perder para nada su carácter científico, los datos antropológicos aducidos por Royer venían expuestos con el fin de contrarrestar y combatir el poder ideológico del discurso machista que era ortodoxo en la ciencia del momento. Es decir, la ciencia (heterodoxa y, en términos Kuhnianos, revolucionaria) fue esgrimida por Royer como un instrumento de lucha contra la lógica de la dominación del hombre sobre la mujer implícita en los esquemas culturales dominantes en su época. Pero, como veremos a continuación, no siempre pudo Royer identificar esa lógica del dominio a la que se opuso científicamente desde el frente feminista: cuando las desigualdades legitimadas por la ciencia no atañían a la cuestión del género, sino a la de las razas, Clémence no supo substraerse a los prejuicios ideológicos propios de su tiempo.

(1) LE BON, GUSTAVE (1878), <<Recherches anatomiques et mathématiques sur les variations de volume du crâne>>, p. 72, en AA.VV. (1878), pp. 72-75.

(2) Ibídem, p. 74.

(3) Ibídem, p. 72.

(4) Ibídem, p. 73.

(5) Ibídem.

(6) Ibídem.a

(7) BROCA et al. (1878), <<Discussion>>, en AA.VV. (1878), pp. 74-75.

Juan Manuel Sánchez Arteaga es doctor en Biología por la Universidad Autónoma de Madrid. Durante los últimos años ha colaborado en el departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. A su vez, ha realizado estancias de investigación en numerosas instituciones extranjeras - Centre Alexandre Koyré, CNRS (París); Museu Nacional de Historia Natural (Lisboa), Universitá degli Studi di Firenze, Istituto di Antropologia (Florencia), Skidmore College (Saratoga, N.Y., U.S.A.) - desarrollando investigaciones relativas tanto a la Bio-medicina como a estudios Sociales/Filosóficos sobre Ciencia, Tecnología y Cultura. Es autor de varios artículos publicados en diferentes revistas especializadas, así como del libro <<La Razón Salvaje. Tecnociencia, Racismo y Racionalidad>> (ed. Lengua de Trapo, 2007), obra que obtuvo el V Premio Nacional de Ensayo Caja Madrid.

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